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El
elogio de la sombra de Szyszlo Hace
algunos años leí
en una revista científica que en cuanto al cerebro y en cuanto al
universo solo desarrollamos y conocemos un 5 o un 10 por ciento. Por más
iluminismo e ilustración que vociferemos, existe más de un 90 por
ciento de nosotros mismos y de la masa total del cosmos que desconocemos,
que está en la sombra. Freud, Jung, Lacan y otros han atisbado algo del
yo. Apenas se empieza a estudiar la naturaleza fundamental de la materia
con el LEP (el más grande microscopio del mundo) y el telescopio
Hubble, luego de que arreglaron su miopía, ha empezado a revelarnos una
parte ínfima de ese fabuloso universo o multiverso. Fernando de Szyszlo,
como microscopio y telescopio poderosos, hace lo mismo. Nos invita a
atisbar el misterio con sus pinturas que elogian a la sombra. Con
la sonrisa pícara de quien ha sido descubierto confiesa que
efectivamente Borges le ha dado la pauta a su “Elogio de la sombra”.
“Busco el misterio”, me dice ya con la seguridad de quien reconoce
que la obra no parte de la nada sino de los aportes que nos llegan de
todos los lados y de todos los tiempos. Nuestra
concepción judeocristiana ha relegado las sombras al reino de las
tinieblas que son el coco temeroso que ayuda a mantener el orden
establecido. Sin embargo, venimos de las sombras y a las sombras vamos.
Todo proceso de incubación se da en el oscuro silencio. Al salir a la
luz comienza nuestro balbuceo. Creemos, porque alguien nos los inculcó,
que en el principio era el verbo. Ello justifica la verborrea que
contamina de quienes se creen iluminados. La miopía euclidiana y
ptolomeica todavía tienen la palabra. Sin embargo, al mediodía
desaparecen las sombras y hasta la pálida luz de una vela impide ver
las estrellas. En
Szyszlo, la sombra es un elemento importante en su pintura. La magia de
la luz se desborda por unos agujeros que son como el ojo de una aguja
tal como lo conciben los orientales: puertas que conducen a lo arcano, a
lo recóndito. No significa que el color esté ausente, por el contrario,
su pintura está llena de color. Por ejemplo, los seres enigmáticos
invisibles en las sombras que pueblan el cuadro “Ceremonia I” pueden
ser sacerdotes dispuestos al sacrificio o amantes plantando la semilla. De
estudiante me aventuré con unos amigos a penetrar las Cuevas de Cunday
en el Departamento del Tolima, cuando se podía caminar todo lo ancho y
lo largo de Colombia. Tuvimos que utilizar el serpenteante decúbito
dorsal para llegar por lo alto a una especie de catedral subterránea.
Nuestras linternas, posiblemente bajas de baterías, no alcanzaban a
iluminar las paredes que se perdían en la oscuridad total. Pernoctamos
sobre la blanca y polvorosa arena arrullados por un río que cruzaba la
montaña. A mis compañeros les dio claustrofobia porque sentían que
las sombras eran paredes que para mí eran ventanas abiertas al infinito.
Sentí por primera vez que flotaba en un líquido tenebroso. En ese
espacio antigravitacional era más ínfimo que el más ínfimo de los
granos de arena sobre los que reposaba. Era nada en esa nada macroscópica.
Luego supe que al igual que Pascal el pavor ante ese vacío de las
sombras inagotables me había congelado. El “Elogio de la sombra” de
Szyszlo, ya sin el pavor pascaliano, me devolvió a esos arquetipos que
Jung entronca con los sueños. La
errónea percepción de que las sombras son frías es cuestionada por
este maestro peruano. Sus calientes sombras tienen la fuerza de los
agujeros negros. Los elementos fuertes de composición diagonal que
hacen eco a otras diagonales dentro de otras figuras geométricas rompe
la pupila para sumergirnos en el laberinto como minotauros o como Teseos. La
variación tonal permite la ambigüedad. Mi visión schopenhaueriana me
llevó a ver ocasos. El pintor Agustin Alvarez, más leibniziano, vio
amaneceres. Para este pintor colombiano, “las sombras adquieren un
valor profundo, porque Szyszlo combina magistralmente las opacas con las
transparentes deteniendo y filtrando los colores del día y de la noche”. Para Agustín Alvarez, como pintor, la experiencia estética frente a la obra de Szyszlo es más rica porque su conciencia perceptiva plástica está más desarrollada. “Aquí estamos frente a un pintor que alcanza la excelencia porque sabe lo que hace”, dice Alvarez. “Luz, sombra, color, volumen, forma, distancia y proximidad, movimiento y reposo, diseño, atmósfera, composición, no escapan a su obra que nos adentra en un mundo poético de luz y de sombra”, concluye Alvarez quien también sabe lo que dice. La soberbia manipulación de las sombras golpeadas
por la luz llena de color y de vida la obra de Szyszlo. Esa propuesta
del “Elogio de la sombra”
de esta viva leyenda de la plástica latinoamericana testifica la
inmensidad del cosmos. Su obra atrapa
vertiginosamente nuestra simple mortalidad para conducirnos cual
Virgilio al paradisiaco reino de las tinieblas.
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