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Ilona
llega con la lluvia
Producir
un ruido audible durante la salida del aire que se bloquea momentáneamente
al articular las consonantes “qr” en lengua española, es de por sí
una empresa aventurera. Como
de aventuras se trata, me atrevo a formular una hipótesis descabellada
porque linda con las fronteras de la totalidad. Para hacer audible a
Maqroll, lo divido. Desintegrado produce dos palabras que en el idioma
inglés toma todos sus atributos: macro y all. Es el macrocosmos
más allá de sí mismo, postulando todo el universo. Sin embargo
Maqroll es todos y es nadie como lo seremos luego en el último viaje.
Sabemos que es libanés. Edad ni físico se le conocen, pero después de
navegar con él por algunos puertos viviendo sus aventuras, se vuelve
familiar. “Maqroll es siempre y en todas partes un extranjero,
habitante de la distancia, la nostalgia, la lejanía y el tránsito pero
que a momentos también parece poseer la facultad de la ubicuidad” (Cajías,
9). Según el mismo Mutis, “Maqroll es todo lo que quise ser y no fui.
Todo lo que yo he sido y no he confesado. [...] Y lo que pienso llegar a
ser algún día en otra reencarnación”. Como
Maqroll (perdón, como Mutis), nací en esas tierras que se alimentan de
las brisas del río Magdalena y en menor grado de las que vienen de
Coello, lugar anclado en la memoria paradisíaca del poeta narrador. La
“tierra caliente”, como se le conoce en el altiplano cundi-boyacense,
reverbera en las épocas que la tierra se pone sedienta a tal punto que
una gota esporádica se achicharra en la enorme paila de las que se
cocinan en el infierno como las del Comala rulfiano. La tierra y los
hombres se llenan de una sed que los lugareños capotean con rogativas.
Los santos salen a la calle en procesiones a pedir la lluvia. Los
aguaceros son bendición para esa tierra desértica que empieza de nuevo
a resucitar. El aroma agridulce de la lluvia sobre esa tierra agradecida
invade los pulmones. Como dice Cobo Borda hablando de Mutis, “es dicho
aroma, de somnolencia y frescura, el que satura sus mejores textos, con
sus grandes olas de calor, de piel, de dicha,
de río y mar nutricios, y es él, agua que cura y limpia, fiebre
que expande el deseo” (Cobo Borda, 22).
Así es también Ilona. El agua primigenia que llega para que la
vida florezca. Desde
sus primeros poemas, como el de La creciente, en Mutis es
importante el uso de imágenes referidas al agua, a sus diversos cursos
y corrientes: el mar, el río, la lluvia. Con Ilona, la lluvia, “nos
preserva del olvido y la rutina sin memoria” porque nacemos de nuevo
como los tiernos retoños; como nacen los recuerdos. “La lluvia,
aliada, reflejo y símbolo de la memoria, vence al olvido y a la muerte”
(Valverde, 22). El
Sísifo de la mitología clásica carga la piedra de la desventura.
Maqroll carga el de la aventura. Al final de cada aventura se vuelve
como los desechos que deja el mar. Termina en cualquier puerto del mundo
deambulando por sus calles para combatir el insomnio mascullando el
silencio que se vuelve pétreo como las mismas murallas que defienden
pasados gloriosos. Es precisamente cuando el viajero se encuentra al
borde del abismo pascaliano frente a la oscura inmensidad de la
desesperanza, cuando la dulce voz de Ilona restablece y toma por asalto
los sueños que son los de todos los noctámbulos soñadores. Pero
el asalto, es un asalto esperado, añorado. Ilona llega con la lluvia
llena de proyectos para paliar la soledad y la angustia de los
porteños y de los viajeros que buscan paraísos
que merecen la búsqueda porque andan perdidos. La Villa que
instala tiene el nombre de las flores porque flores ofrece dispuestas a
volar desde una cabina de vuelo que puede estar en cualquier tiempo o
lugar. El
espacio no importa. Ilona, nacida en Trieste de ascendencia macedónica
muestra en su apellido los avatares y mutaciones de distintas
circunstancias (Grabowska o Rubistein). Maqroll puede encontrarla en
Alicante, Estambul, o Panamá para viajar por ríos, páramos, selvas y
mares. Tanto Maqroll como Ilona despiertan un sentimiento de desapego y
no pertenencia (Cajías, 10). Por
eso para ellos no importa el más allá. Tiempo y espacio importan en la
medida que se amolden al aquí y al ahora. Viven al día el Carpe
Diem porque saben que tanto el pasado como el futuro son infinitos y
como infinitos imposibles. Lo que cuenta es el momento que eternizan con
su pasión reverberante. En eso consiste su felicidad. En no apegarse a
nada, ni al mismo amor que los subyuga pero que saben compartir. Ilona
es la matriarca, la hembra seductora que se acepta compartida antes que
perdida porque ella es un macro que postula la totalidad. Ese
presentismo voraz termina por alimentar la nostalgia. Las lecturas de
Gaviero son de historia lo mismo que muchos de los personajes que
desfilan como los amantes furtivos de Larissa. Con Ilona nos volvemos
como esos personajes, pasajeros de otros siglos y de todos los siglos
que cultivamos la esperanza de que algún día volvamos a juntarnos ya
sea en el calor de cualquier puerto, en el alto de las montañas o en el
alto de la mar. Bibliografía Cajías
de Villa Gómez, Dora. “Alvaro Mutis: La nueva geografía de la novela”.
Cuadernos de literatura No. 7. Universidad Mayor de San Andrés, La Paz,
Bolivia, 1997 Cobo-Borda,
Juan Gustavo. “Alvaro Mutis”. Procultura, Bogotá, 1989 Valverve
Villena, Diego. “Alvaro Mutis: La nueva geografía de la novela”.
Cuadernos de literatura No. 7. Universidad Mayor de San Andrés, La Paz,
Bolivia, 1997
La
siguiente canción trata de seguir las pautas del bambuco fiestero
propios de esa región tolimense caros al recuerdo del poeta narrador.
Sin embargo se diferencia en ese dejo de tristeza que acompaña todo
tema que se nutre de la nostalgia.
Ilona
llega con la lluvia Ilona
es un aguacero Llegaste
a habitar mis sueños Ilona
llega con la lluvia La
clave pa´ encontrar la dicha Por
eso en todos los puertos Ilona
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