Voces sin voz
©José O. Alvarez

    Los argentinos se suicidan lanzándose de su ego. Los colombianos de su super-ego. Lo confirmé la noche que fui a una presentación de las Voces de Miami y las encontré apagadas.

Cuando ya empezaba a especular que las huestes de la muerte habían extendido su macabro brazo para atentar contra los que habían abandonado la patria, vimos un letrero que pendía de la puerta del consulado de Colombia ubicado en Coral Gables que decía:

    Voces de Miami se quedaron sin voz.

    Creí que era una broma pesada del grupo de escritores que querían reunirse a puerta cerrada. Con la firmeza de despachador de vuelos, cruzando los brazos a la altura de la cintura, el celador nos hizo señas de que todo estaba cancelado.

    –Lo bueno del consulado es que queda al frente de Books and Books, –le dije al pintor Olimpo tratando de apaciguar la impertinencia de haberlo sacado de su estudio.

    Una mirada cruzada de complicidad intelectual nos alentó para meternos a hojear libros: Olimpo de arte, yo de literatura.

    Al otro día al leer los emails me enteré que la sacerdotisa del amor, había depuesto la coordinación de aunar las Voces de Miami por haber sido encumbrada a una posición ejecutiva de alto vuelo en la empresa de comunicaciones donde laboraba. Al quedarse las voces acéfalas, ninguno de los otros levantó la voz para continuar con el proyecto.

    Uno de los escritores cuya obra dejaba constancia de ser "El último de los colombianos" en abandonar el país, enviaba un email a todos felicitando a la sacerdotisa por el tremendo ascenso, pero filtraba cierto cuestionamiento que me dejó intrigado por su vaguedad.

    Otro mensaje más abierto y contundente de la académica que iba a hacer la presentación de la Voces planteaba que en su mundo no cabían las pequeñeces porque ella se movía en el platónico de las ideas.

    El mensaje del Cacique de Bolombolo engrandecía esa pequeñez y en un tratado sobre la inutilidad de la literatura paradójicamente colocaba en un nicho a cada uno de los escritores agrupados como Voces de Miami.

    Otro email del escritor de la barba negra emulaba a Eliot al plantear que el infierno que llevamos dentro no le da chance a la utopía.

    El mismo subject: "carta a la cónsul de Miami" se repetía tantas veces que por temor a que fuera un virus lo borré de mi computadora. Ya me había pasado con el mensaje "I love you" y no quería repetir la amarga experiencia de esos amores que matan.

    Mi interés al asistir al programa cultural del consulado había sido el de poder apreciar esas Voces de Miami. Había convencido al pintor Olimpo de que ya era hora de lanzarnos a la aventura de publicar una antología con los autores de la diáspora.

    –Si "Cien voces de América" ha agotado varias ediciones nosotros podemos hacer lo mismo con la Voces de Miami –le había comentado una y otra vez a Olimpo con la certeza absoluta de quien sabe invertir en la bolsa.

    –Lo malo es que no tienes emisora que te respalde como la tiene Enrique Córdoba –había contestado Olimpo con la seriedad de quien ya viene de regreso.

    Luego de un rato hojeando libros y cuando ya la jartera empezaba a surcar el rostro amerindio de Olimpo, me hizo la señal con la cabeza de que nos fuéramos.

    –Si no se pusieron de acuerdo para presentarse en el consulado mucho menos lo harán para la antología que insistes que te patrocine –me dijo al salir a la calle que nos recibió con una bocanada de calor salpicado de humedad de ciento por ciento.

    No tuve más remedio que asentir con la cabeza.

    –Por otro lado, no creo que estén dispuestos a compartir costos si les diera por editarla conjuntamente –remató como para que me olvidara del asunto.

    Olimpo no se deja deslumbrar. Según me contó mientras caminábamos por Ponce de León y nos tomábamos un café en Starbucks en la esquina de Miracle Mile, había perdido la inocencia en manos de varios editores que le sacaron obra y dinero para aparecer en magazines o diccionarios de arte. Para alimentar su equilibrado ego hasta había llegado a pagar miles de dólares a críticos de arte de los principales diarios a sabiendas que era la forma exigida por el mercado del arte. Había intrigado también para hacerse entregar galardones y premios de periódicos e instituciones que promovían el bombo y el autobombo a cambio de lentejas. En las subastas llegó al extremo de hacer subir el precio por las nubes por medio de amigos que le ayudaban a pujar, en principio sin dinero y luego colocando altas sumas de su propio bolsillo. Por eso estaba en la cima y cada cuadro en las seis cifras de washingtones.

    –Si no tuvieran el ego tan desequilibrado hasta les patrocinaría una edición de lujo a cada uno de ellos –me dijo Olimpo al ver que estaba con la mirada perdida como buscando una voz en el desierto.

    –Yo no pierdo la esperanza –le dije aunque la duda alcanzaba a asomarse por los resquicios de mi alma.

    Olimpo alcanzó a detectar en mi voz y caída de hombros cierto estado de claudicación y empezó nuevamente a decirme lo que siempre me recalcaba acerca de que los colombianos no teníamos remedio, que colombiano come colombiano y que por eso había abandonado el país para dejar que la nostalgia embargara su corazón que se aferraba a guardar a la bella Colombia libre de la cicatería de esos habitantes que no estaban dispuestos a deponer sus super-egos.

    –Nosotros podemos también emular a los cubanos que ya han llegado al Capitolio ..., –le dije para echar por tierra ese pesimismo desnaturalizado.

    –... pero a los cubanos del exilio los une Fidel –me interrumpió con esa sonrisa de nihilista consagrado con que matiza el veneno que le pone a sus palabras.

    –A nosotros nos unen las tertulias del consulado –le contesté con la incertidumbre de quien dice una verdad a medias.

    –Nos unían ... –dijo Olimpo resoplando por sus amplias narices con un sarcasmo que convertía mi afirmación de presente colectivo en un pasado sin esperanza pero que yo me aferraba a ver como un futuro de posibilidad.



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