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El
vellocino de oro Cuando
al pintor LeonoeL le comisionaron unos desnudos “para un cliente que
paga bien”, como le dijo el intermediario decorador, dejó por un
momento su cara agria para darle paso a una sonrisa triunfal. Por fin podría
darle algo a Juan Angel a quien le debía dos años de arriendo. Dispuesto
a no perder esta comisión le pidió a María que lo contactara con la
Escuela de Arte Nuevo Mundo donde ella trabajaba. Atenta a todas las
solicitudes de su amado artista, le consiguió el teléfono de la
secretaria encargada de contratar a las modelos para las clases del
plantel. –¿Podrías
ayudarme a conseguir una chica de unos 25 años? –Esto
no es una agencia de modelaje, ni un club de strip tease, es un
college, –le contestó una voz de perro guardian. –Lo
sé –dijo LeonoeL a punto de perder el control–. María, la
vicepresidente me dijo que usted me ayudaría. –Ah,
claro –dijo la voz con entonación servil. –Es
para que venga a mi estudio. No se preocupe que yo ya soy un veterano.
Lo hago porque necesito urgentemente cumplir con un pedido. Estoy
dispuesto a pagar bien. Luego
de anotar unas direcciones que la solícita secretaria le facilitó, al
comprobar que era “el amigo” de la jefe, LeonoeL le agradeció su
amabilidad retardada y se despidió con tono zalamero. Días
antes me había comentado que un sueño que empezó agradable, poco a
poco se convirtió en una pesadilla. Una hermosa modelo se le presentaba
todas las noches. Se le metía en sus sueños y le posaba en todas las
formas empezando por las clásicas, siguiendo por las eróticas y
terminando con las XXX. –Lo
único que puedo captar es el vellocino de oro que tiene entre sus
piernas –me confesó con desaliento, ojeroso, demacrado–. Es como si
el sol se hubiera posesionado de su vello púbico parecido a los
cabreros que “se asomaban por el tejido del traje de baño de la mujer
del austriaco.” El
viernes apareció en el estudio una despampanante mujer. LeonoeL quedó
mudo y sus canas se pusieron más blancas. La chica esperaba encontrarse
con un joven pintor e hizo un gesto con los hombros que el pintor
interpretó como de resignación. Era la modelo que siempre había
buscado LeonoeL y por un momento creyó que su pesadilla regresaba al
sueño agradable. –Me
llamo Néfele y soy hija de los dioses –le dijo la mujer sin mirarlo.
Despectivamente le preguntó que dónde ponía la ropa. La
trabazón de la lengua le impidió a LeonoeL emitir sonido. Le señaló
un sofá destartalado que se levantaba en medio del desorden de pinturas,
bastidores, brochas, papeles, etc. La modelo empezó a desvestirse con
un ritmo que le recordó a las chicas que iba a ver en el club de strip
tease. –¿Hay
alguien más en el estudio? –Nooo
... eeestooyy soooloo –dijo LeonoeL tratando de tomar aliento. Una
vez desnuda le preguntó cómo quería que posara, pero el pintor no sabía
cómo colocarla. Mientras ella ensayaba varias poses LeonoeL recorría
en círculo el estudio como animal en acecho. –¿Puedo
fumar? –Síiiii...
–contestó olvidando que nunca nadie lo había hecho en su estudio.
Aborrecía el humo de cigarrillo. La
chica sacó un paquete y empezó a armar un cacho de marihuana. LeonoeL
recordó que de joven el solo olor de la yerba le daba náuseas, pero se
aguantó. La inmortal belleza de la modelo, con sus poderes
sobrenaturales, le curaba cualquier fobia. Por
fin se acercó a su caballete y empezó a dibujar trazos de la modelo.
Como un poseso hacía borradores y borradores. No quería perder ni un
segundo. Colocaba el caballete en varios lugares y se daba a la rápida
tarea de trazar la figura. Casi no miraba las enormes hojas ni los
trazos, sólo tenía ojos para ella. La
pasión del pintor por trazarla en todas las direcciones despertó la
curiosidad de la modelo y por primera vez fijó sus ojos en el otoñal
pintor. Se dio cuenta que estaba excitado y que su respiración era de
alguien a punto de tener un orgasmo o un síncope. El
día que pasé por su estudio, los vecinos no me dieron razón de él.
Aunque aseguran que posiblemente fueron sólo visiones, me comentaron
que habían visto salir del estudio un carnero volador con un hombre y
una mujer cabalgando sobre él. El brillo que emanaba los cegó y por
eso no estaban seguros si era LeonoeL con la modelo. | Presentación | Narración | Ensayo | Poesía | | Plástica | Copyright 2000 - 2002 Literart.org, All Rights Reserved. |