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Sherezado Luis
Miranda me sugirió que leyera algunos cuentos de mi libro de “Cuentos
de vida, muerte y resurrección” en la librería Fifteenth Street Books
de Coral Gables con el fin de conseguir algunos pesos para no ser
degollado por el sultán de la vida.
En su transformación ejecutiva luego de haberse
cortado
la cola, éste era uno de sus primeros pasos firmes
con los que
piensa lanzar al mundo de los bestsellers las obras de los
que integramos la diáspora.
A las ocho de la noche ya el local estaba copado de muchos amigos
que habían ido dispuestos a colaborar en el empeño. Comenzado el acto,
se hizo presente una horda de personajes como salidos de Las mil y una
noches. Ocuparon la mesa que la arabesca Gladys había servido con antojitos, uvas,
nueces, vinos, y todas esas cosas que en los 50.000 emails que Luis había
enviado aparecían con el sofisticado nombre de h’ors d’ouvres.
La lectura de los cuentos pretendía despertar el interés de la
audiencia para que comprara el libro. Cuando pensaba que ya era hora de
dar por terminada la sesión, precisamente en el momento que estaba en
su climax, un sonido de cimitarras hizo temblar los h’ors d’ouvres.
Mientras se alisaban la barba, con miradas penetrantes los extraños
personajes exigieron que siguiera con la lectura.
Un vago presentimiento había tenido la noche anterior cuando
desde el bote bicicleta en que me monto para hacer ejercicios vi una
luna árabe flotando en el infinito azul pascaliano. Llegué a sentir
que el espíritu de Sherezada me invadía y en el leve sonido que el
viento producía sobre las aguas del lago alcancé a distinguir que me
susurraba al oído su promesa de acompañarme la siguiente noche en la
presentación de mi libro.
Una semana antes también otra premonición había sentido el día
que Fernando Piraquive, coordinador de Cuenteros.com, me visitó en la
casa y me dio unas claves para "posicionar" (ese era su insistente verbo) mis cuentos en el mundo
ciberespacial.
Cuando me encontraba leyendo el cuento
"Voces sin voz", un súbito estremecimiento se posesionó de mí y me quedé mudo.
Era como si el hechizo de la sacerdotisa del amor rondara en la tertulia contradiciendo
su radical promesa de no participar en ningún evento donde estuviera presente el
Cacique de Bolombolo. Tuve que recurrir a la
ayuda del cacique, quien con voz impostada y pose de actor copiada de Víctor
Mallarino, siguió leyendo otros cuentos hasta que volví a recuperarla
de nuevo luego de unas infusiones que me preparó Rita la peruana que
agobia a los presentes con su esmerada atención.
Cuando el primer rayo de la madrugada se estrelló contra la ventana,
los visitantes
se miraron aterrados. En tropel salieron a la calle donde los esperaban sendas
limusinas negras que montaron volados antes de que la mañana los asaltara.
Junto con todos todos mis amigos salimos a ver cómo se
alejaban por Aragón Avenue rumbo hacia el oriente.
Al querer entrar de nuevo a la librería ésta se había cerrado.
Alguien que posiblemente había quedado embrujado por el nocturno arábico
se le ocurrió decir ¡Abrete Fifteenth Street! y esa frase fue la llave
que nos permitió entrar a la librería.
Asombrados con las mandíbulas desencajadas como las de bobo detrás
de tapia pueblerina, la vimos convertida en la cueva de Alí Babá,
llena de joyas y objetos preciosos, con hermosos libros raros de pastas
doradas.
Fiel a la nueva senda que se había trazado y dejando el asombro
a un lado, Luis insinuó a los presentes que mi libro estaba a la venta
pero ninguno quiso comprarlo porque ya lo habían disfrutado de boca del
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