Sherezado
©José O. Alvarez

    Luis Miranda me sugirió que leyera algunos cuentos de mi libro de “Cuentos de vida, muerte y resurrección” en la librería Fifteenth Street Books de Coral Gables con el fin de conseguir algunos pesos para no ser degollado por el sultán de la vida.

     En su transformación ejecutiva luego de haberse cortado la cola, éste era uno de sus primeros pasos firmes con los que piensa lanzar al mundo de los bestsellers las obras de los que integramos la diáspora.

     A las ocho de la noche ya el local estaba copado de muchos amigos que habían ido dispuestos a colaborar en el empeño. Comenzado el acto, se hizo presente una horda de personajes como salidos de Las mil y una noches. Ocuparon la mesa que la arabesca Gladys había servido con antojitos, uvas, nueces, vinos, y todas esas cosas que en los 50.000 emails que Luis había enviado aparecían con el sofisticado nombre de h’ors d’ouvres.

     La lectura de los cuentos pretendía despertar el interés de la audiencia para que comprara el libro. Cuando pensaba que ya era hora de dar por terminada la sesión, precisamente en el momento que estaba en su climax, un sonido de cimitarras hizo temblar los h’ors d’ouvres. Mientras se alisaban la barba, con miradas penetrantes los extraños personajes exigieron que siguiera con la lectura.

     Un vago presentimiento había tenido la noche anterior cuando desde el bote bicicleta en que me monto para hacer ejercicios vi una luna árabe flotando en el infinito azul pascaliano. Llegué a sentir que el espíritu de Sherezada me invadía y en el leve sonido que el viento producía sobre las aguas del lago alcancé a distinguir que me susurraba al oído su promesa de acompañarme la siguiente noche en la presentación de mi libro.

     Una semana antes también otra premonición había sentido el día que Fernando Piraquive, coordinador de Cuenteros.com, me visitó en la casa y me dio unas claves para "posicionar" (ese era su insistente verbo) mis cuentos en el mundo ciberespacial.

     Cuando me encontraba leyendo el cuento "Voces sin voz", un súbito estremecimiento se posesionó de mí y me quedé mudo. Era como si el hechizo de la sacerdotisa del amor rondara en la tertulia contradiciendo su radical promesa de no participar en ningún evento donde estuviera presente el Cacique de Bolombolo. Tuve que recurrir a la ayuda del cacique, quien con voz impostada y pose de actor copiada de Víctor Mallarino, siguió leyendo otros cuentos hasta que volví a recuperarla de nuevo luego de unas infusiones que me preparó Rita la peruana que agobia a los presentes con su esmerada atención.

     Cuando el primer rayo de la madrugada se estrelló contra la ventana, los visitantes se miraron aterrados. En tropel salieron a la calle donde los esperaban sendas limusinas negras que montaron volados antes de que la mañana los asaltara. Junto con todos todos mis amigos salimos a ver cómo se alejaban por Aragón Avenue rumbo hacia el oriente.

     Al querer entrar de nuevo a la librería ésta se había cerrado. Alguien que posiblemente había quedado embrujado por el nocturno arábico se le ocurrió decir ¡Abrete Fifteenth Street! y esa frase fue la llave que nos permitió entrar a la librería.

     Asombrados con las mandíbulas desencajadas como las de bobo detrás de tapia pueblerina, la vimos convertida en la cueva de Alí Babá, llena de joyas y objetos preciosos, con hermosos libros raros de pastas doradas.

     Fiel a la nueva senda que se había trazado y dejando el asombro a un lado, Luis insinuó a los presentes que mi libro estaba a la venta pero ninguno quiso comprarlo porque ya lo habían disfrutado de boca del autor.


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