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Vida asegurada
©José
O. Alvarez
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1–
Cuando llegué a Miami sentí el sopor del caribe como una recia cachetada. En el pináculo del verano, la ciudad ardía. Venido de las alturas de Santa Fe de Bogotá, la poderosa luz miamense hería mis pupilas acostumbradas al gris
capitalino.
Mientras esperaba en el primer piso del Aeropuerto Internacional de Miami, sentí que me asaba. El alboroto de los pasajeros, altoparlantes, carros, rodachines, gritos de bienvenida, me mostraban un mundo nuevo que era similar en el ruido y la contaminación al dejado atrás. El calor era la nota extra que lo hacía asfixiante.
Afortunadamente mi mujer llegó a recogerme rápido. Ya en el carro el A/C me devolvió la cordura. Llegamos a casa de la suegra que me esperaba con una Corona que me hizo dar un ¡mua! como si llegara del Sahara.
Mi hijo no me reconoció. Dos años son un siglo en la mente de un bebé. A los dos meses mi suegra se lo trajo para evitar que cumplieran la amenaza “recuerda que ya no está solo” que me habían repetido varias llamadas sicarias a altas horas de la
noche.
Un mes después salió mi mujer. La falta del hijo estaba acabando con ella. “Aquí me quedo hasta que se me agoten todas las posibilidades”, le dije presintiendo que con su partida se acababa mi pequeño núcleo familiar.
Años atrás había sido llamado a desempeñar el cargo de jefe de departamento de una entidad gubernamental importante del país. Querían que repitiera a escala estatal la exitosa labor realizada a nivel privado. El tratar de imponer el dinamismo empresarial al mastodonte público, me convirtió en declarado enemigo de los altos ejecutivos que estaban allí por conexiones familiares para quienes era un comunista y de los trabajadores del sindicato para quienes era un reaccionario. El hecho de cuestionar con mi trabajo su ineficacia unió a ambos extremos y con artimañas lograron dejarme en la calle.
Saltando matones, dando una clase aquí, un taller allá, una conferencia acullá, logré sobrevivir dos años, pero la fuerza de la sangre opacó mi recelo a emigrar al país que jamás había puesto en mi mira. Cuando soñaba en viajar, lo hacía a la ciudad luz, de la que quedé prendado al recorrer sus calles bajo una refrescante lluvia de abril por ese no sé qué agarrador que atrapa a los intelectuales y donde me esperaba todavía una mujer que me tenía un pequeño nido
preparado.
Mi corazón indiferente al sentimiento, se dejó arrastrar de la nostalgia que aún el hermoso cielo de Miami, no lograba contrarrestar. Algo me decía que lo dejado atrás, atrás quedaba y que una nueva vida se abría en mi
camino.
–¿No te da alegría de que por fin estemos juntos? –decía mi
mujer.
Un desganado sí, no alcanzaba a enmascarar la angustia que producía enfrentarme a un porvenir incierto.
Acostumbrado a trabajar de sombra a sombra, pronto me vi en la desesperación de buscar trabajo que se hacía difícil por no tener el permiso para
hacerlo.
El primer domingo lo dediqué a devorar la sección de empleos de todos los avisos clasificados hasta que me topé con éste:
“Si usted habla perfecto español, es profesional y desea tener su propia empresa, usted es la persona correcta para empezar con un salario mínimo de cien mil dólares al año. Inglés no necesario. Llamar al teléfono
1–800–BERRACO”.
Por simple curiosidad llamé, convencido que detrás de esa palabra había un colombiano
emprendedor.
–Precisamente buscamos gente como tú que tenga aspiraciones muy altas. –me contestó una voz que me dejó subyugado por lo hermosa, firme y provocadora. Sin darme cuenta le conté mi vida. Me dio una cita para el día siguiente a las diez de la mañana.
Esa noche los pocos momentos que pude conciliar el sueño fue para soñar con una casa con lago al frente, garaje doble y habitación para cada uno de los siete hijos que pensaba tener.
Una hermosa secretaria me recibió en la recepción. Mientras esperaba al director me ofrecieron un tinto. Me había vestido con el traje paño inglés que me hacía sudar los
sobacos.
Al pasar a la oficina del director quedé deslumbrado por el gusto exquisito. Cuadros de Obregón,
Botero y Olimpo colgaban de las paredes de madera y me sentía volando por el espesor de la
alfombra.
Al verme, el director se levantó de su enorme sillón y salió a recibirme con un fuerte apretón de manos. Era un hombre corpulento de hermosa presencia, con unos cincuenta años que irradiaban confianza, fe en el futuro, y otro medio siglo de
prosperidad.
El traje nos igualaba en gustos. Lo mismo la música clásica que sonaba sutilmente al fondo. Este alto ejecutivo, amable, era el mentor que necesitaba para lograr escalar y arribar al sueño
americano.
–Florentino Benavides, para servirle –me dijo con una voz cuya resonancia ponía en tela de juicio las
falsas ideas que me había forjado de los lobos ejecutivos.
Esa semana Florentino despertó el vendedor que yacía dormido, opacado y humillado por todas esas ideas acumuladas en la universidad que me hacían mirar con suspicacia la plusvalía y el capital.
–2–
–Señor González, este es Carlos Sarache. Tiene un minuto para hablar por teléfono ahora o prefiere que lo llame después.
–No sé. ¿Qué desea?
–Mi negocio es proveer a la gente de dinero para que pague su casa, eduque a sus hijos y tenga un retiro digno. ¿Está disponible hoy en el día o por la
noche?
–Uhmm...
–En la mañana o en la tarde. ¿Cuál hora es
mejor?
–En la tarde es mejor..., pero, ¿de qué se
trata?
–Yo le tengo una idea con la cual usted puede solucionar sus problemas financieros. Si me regala quince minutos se lo explicaré personalmente a usted y a su esposa hoy a las dos p.m.
–Que no sea nada de ventas, porque no voy a comprar nada.
–Señor González, si yo le presento un plan que sea el mejor que usted jamás haya visto y basado en planes que usted ya ha adquirido con los cuales está malgastando su dinero, ¿qué diría
usted?
–No me interesa cambiar ningún plan.
–Eso me parece perfectamente correcto, porque esto no va contra sus intereses. Entonces nos vemos a las dos de la tarde.
Esa conversación la había aprendido de memoria de tanto repetirla y sonaba tan natural que los clientes caían como mosca en leche. Era una de las tácticas que me había enseñado Florentino en el curso acelerado de vendedor de seguros de vida.
Nunca se me había pasado por la cabeza que la muerte era negociable y que producía frutos de por vida si sabía presentarse en un paquete vital que hiciera imposible el rechazo de parte de las víctimas.
Florentino aconsejaba que debía empezar a ofrecer el producto primero a los familiares quienes recomendarían a otros en una cadena infinita que evitaría el toque en frío. “Solamente en caso extremo y como última opción debe recurrir uno a este método que está reservado sólo a los mejores”, señalaba con sapiencia.
Dispuesto a probarme a mí mismo, empecé por lo último. Escogí el mismo edificio de apartamentos donde vivía.
Al llegar al lunes siguiente con diez ventas, Florentino se quedó pasmado. Creyó que las había conseguido con amigos que se prestaban al fraude. El mismo se puso en la tarea de llamar a cada uno de los asegurados para comprobar que estaban contentos con el producto, que jamás me habían visto pero que habían accedido a comprarlo porque era un caballero que irradiaba un no sé qué que inspiraba confianza absoluta y que de paso les había abierto una luz en su camino lleno de tinieblas.
Florentino me pagó con cheques chimbos que rebotaron de
entrada.
–No le haga eso a mi marido –le dijo mi
mujer–. Mire que tenemos un niño. Además ha dejado de renegar y tiene sueños grandes. Hasta hemos salido a Benihana a celebrar por lo alto sus primeras ventas.
Florentino la engatusó diciéndole que me dijera que fuera el lunes siguiente por otros cheques de otro banco porque iba a demandar a ese banco que lo había hecho quedar tan mal con un vendedor más talentoso que Og Mandino.
Ese fin de semana me animé a golpear puertas de nuevo. Un señor de aspecto distinguido aunque desarreglado me invitó a seguir a su pequeño apartamento lleno de libros por el piso y por las paredes. Me dijo que era escritor, que perdonara el desorden pero ese era el ambiente que necesitaba para
inspirarse.
Con cierto aire de disgusto escuchó mi perorata de loro amaestrado que me había enseñado Florentino y que recitaba de corazón. Antes de terminarla me interrumpió con un brillo luzbeliano en sus ojos
azules.
–Véndame un millón –me dijo en tono convincente como si hubiera encontrado el eureka siracusano que andaba buscando. Traté de explicarle otros beneficios pero cortésmente me insinuó que dónde había que firmar. “Total, esa era la suma que esperaba por otro lado, pero ya estoy hastiado de tanta lata”, concluyó el escritor.
Pensando que la suma a que se refería era una herencia o la notificación de Estocolmo como me había asegurado, le hice firmar todos los papeles para
asegurarlo.
Al terminar de firmar entró una mujer de aspecto recatado, acompañada de una hermosa niña que era lo contrario por su vitalidad exuberante. Los ojos iguales a los de su padre y su rubia cabellera la asemejaban a la muñeca que andaba en las portadas del Enquirer supuestamente asesinada por sus padres.
Arribé a la oficina de Florentino media hora antes de lo estipulado. La secretaria no me dejó pasar a pesar de ser uno de los empleados. Sin embargo, de buena fe le entregué los papeles de la venta al escritor que ella diligente la llevó al despacho de su
jefe.
En vista que se hacían los de la vista gorda me metí a la sala de juntas donde Florentino preparaba a un grupo de profesionales que habían sido atrapados como
yo.
Al verme empezó a decir que él era un ejecutivo de alto turmequé, que no pusieran de pantalla a la mujer o a los hijos, que los reclamos los hicieran de hombre a hombre.
–Habla conmigo, o con ellos –interrumpí con un grito.
Todos, incluyendo Florentino, saltaron de sus sillas y me miraron
sorprendidos.
–Si va a hablar conmigo –le dije tratando de controlar mi furia que trastabillaba en mis mandíbulas–, míreme a los
ojos, hijo–de–puta.
Esta última palabra se la silabié en marcados cinco
segundos.
El sobresalto fue mayor. Saqué la decena de cheques y se los mostré a las futuras víctimas.
–Si se fijan –dijo dirigiéndose a sus
pupilos–, esos cheques no están a su nombre.
–Porque acordamos que los hiciera a nombre de mi esposa que es la que tiene social
security–, le dije conteniendo aun más mi rabia.
Florentino trató de arrebatarme los cheques, pero aproveché para darle la vuelta a la enorme mesa y mostrarle la firma del jefe a los sorprendidos profesionales que posiblemente habían soñado como yo con yates y casas a orilla del mar.
Al salir del salón de juntas, varios de ellos me siguieron. Querían enterarse de los
detalles.
–A ustedes les hará lo mismo porque se aprovecha de nuestra condición de
ilegales–, les dije.
Al regresar a casa llamé a todos los que me habían comprado el seguro de vida y les dije que lo cancelaran porque me habían engañado y seguramente correrían el mismo riesgo.
Por la línea telefónica alcancé a notar la decepción enorme. Habían puesto sus esperanzas en ese producto tan fabuloso que solucionaría los problemas económicos del que sobreviviera al sacrificio que haría uno de ellos por el bien de los suyos, siguiendo los designios divinos que la suerte diera en la ruleta
rusa.
El domingo siguiente, en las noticias, opacada por tantas relacionadas con Fidel Castro, El Nuevo Herald hablaba del suicidio del escritor Arnaldo Morales y del éxito que estaba teniendo en las librerías que lo estaban vendiendo como pan caliente. Luego de buscarlo en varias librerías donde se encontraba agotado, traté Barnes and Noble donde logré hacerme a una copia en medio de una algarabía de gente que se arrebataba el
libro.
Al leer sus cuentos pude comprender
que lanzándose de cabeza desde el último piso del Aventura Mall donde acostumbraba ir a medirse su traje de
madera era la forma expedita de dejar una vida asegurada a los suyos
sin el contratiempo de la espera infructuosa de la esquiva notificación
de Estocolmo.

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