La revancha
©José O. Alvarez

    Lo vi cómo miraba de reojo los exámenes de los compañeros. Maldecía soto voce al ver que sus respuestas no coincidían ni con el de la derecha ni con el de la izquierda. Llegó a pensar que le había dado un examen diferente, de revancha. Los nervios lo atragantaron y maldijo con más gana. Me miraba echando chispas mientras yo elaboraba este cuento. Se arrepintió de no haber escrito más cosas en la evaluación donde afirmaba en mayúsculas que ese profesor era malo, desorganizado, pedante, creído, y otras palabras recogidas de las alcantarillas que trato de evitar en las clases, en las composiciones y en los exámenes. Se atrevió a insinuarlo ese día y le cayeron a golpes.

De todos es sabido que las evaluaciones las realizan los estudiantes sin la presencia del profesor quien tiene que retirarse unos diez metros del salón. Por eso me extrañó ver salir a Gino como si se lo llevaran los diablos. Al verme se calmó.

–Tuve que salirme para no acabar a golpes a ese ... y aquí se desbordó en una retahila que contemplaba las obscenas palabras señaladas por Yesid en la evaluación y pronunciadas por Gino con la rabia que se le salía por los ojos. A Gino lo apoyaron los estudiantes que quieren aprender y quienes son los que año por año me nominan profesor del año galardón que siempre se escapa de sus manos porque la decisión final depende de arriba.

Yesid es un estudiante cool que siempre llega tarde a todo. Parece que lo demoraran las tiendas donde se mide, se compra y se pone a la moda. Nunca repite muda que es de marca con la que alimenta su vanidad, su ignorancia y su terquedad de mula rucia. En clase no pone atención. Quiere que se la pongan a él. Aprovecha cualquier descuido para entablar conversación con el vecino sobre temas que lo apasionan: fútbol americano (¡soccer sucks! –dice), boxeo, lucha libre, Xbox,

Se inscribió en mi clase no porque le guste la literatura sino porque creía que la pasaría por el solo hecho de hablar español.

Como tábano le caí encima. No lo dejaba respirar. “Se la monté”, como decimos en la jerga docente.

Su revancha consistió en quejarse en el departamento cada vez que lo hacía quedar como un trasero en clase por no contestar a mis sencillas preguntas casi a nivel subterráneo que los demás interpretaban como una burla mordaz a su estúpido comportamiento que ya los tenía hasta el cogote.

Traté por todos los medios de aburrirlo. La experiencia me ha demostrado que esta clase de elementos son un estorbo en las clases, en la universidad, en la sociedad, en el planeta, en el universo.

Tramposos, abusivos, quejumbrosos, perezosos, buscan cualquier oportunidad para treparse y defecarla en todo si se aferran a su malsana actitud.

"No merecen el espacio y el lugar que ocupan", me había dicho una vez un maestro cuando actuaba igual que Yesid. Se ensañó tanto conmigo que terminamos a golpes, después a palabras que pasaron de agresivas a suaves hasta terminar en consejos que supe aprovechar.

He visto en Yesid un fiel espejo, por eso espero que algún día se dé cuenta de su actitud y cambie.

      Posiblemente, entonces, llegue a convertirse en un compasivo ser humano y no en una bestia darwiniana a cargo de una corrupta corporación.


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