Misa por la guerra
© José O. Alvarez

    -Yo no voy a esa misa porque no creo en el Dios del Antiguo Testamento, -fue la respuesta tajante que le dio Julia a Orlando cuando éste la invitó al consulado. -Por Rafael Escalona me haría el viaje, pero por una misa donde posiblemente pongan como estandarte la ley del talión, ¡olvídate! -reafirmó con un tono que mostraba la apatía completa hacia lo que Julia llamaba "el opio de la humanidad".

    Orlando estaba enamorado de Julia y como a ella le gustaba asistir a los actos programados por el consulado colombiano de Coral Gables, siempre se hacía el viaje Miami - West Palm Beach - Miami multiplicado por dos para poder disfrutar de su presencia por unas horas aunque no de sus ideas. Orlando se había propuesto no solo conquistar su cuerpo, sino salvar su alma.

    Apesadumbrado Orlando se fue solo para el consulado y para su sorpresa lo encontró repleto. El homenaje al maestro Rafael Escalona, compositor de vallenatos que Carlos Vives ha puesto en la palestra internacional, había sido sustituido por una misa en memoria a las víctimas de la masacre cometida por terroristas desalmados al corazón financiero y militar de los Estados Unidos.

    Orlando se conmovió hasta las lágrimas con el sermón de un sacerdote que con una voz apenas perceptible llamaba a la vindicta del ojo por ojo, diente por diente.

    -Le he pedido a Dios para que le de la fuerza a este país para que borre de la faz de la tierra al enemigo.

    Eso mismo rezaba Orlando todas las noches antes de acostarse y desde la tragedia había aumentado la vigilia, prendido velas, puesto banderas, rebajó dos libras con la dieta de sus 260 normales, había llorado como lo hacía en la misa al ver que sus sentimientos guerreristas eran compartidos por casi todos los asistentes a la misa que aprobaban con la cabeza el sermón del sacerdote.

    Pero no todos aprobaban el sermón. Orlando alcanzó a escuchar claramente que al rezar el Padre Nuestro un grupo de jóvenes vestidos de naranja enfatizaron el "perdona nuestras ofensas como también nosotros PERDONAMOS A LOS QUE NOS OFENDEN".

    Una mirada piadosa se lanzaron la cónsul, vice-cónsul, sacerdote y feligreses al ver que la oración que rezaban mecánicamente adquiría un significado distinto para el grupo naranja.

    Al pasar a comulgar Orlando vio un hermoso cuerpo de una mujer morena, pelo largo y negro, blue jeans de color naranja que demarcaban un trasero bien moldeado parecido al de Julia, estuvo a punto de devolverse y no comulgar por tener pensamientos lascivos como los que tenía al ver y pensar en Julia. Mentalmente pidió perdón a Dios por caer en la tentación y siguió adelante. Al regresar comprobó que ese cuerpo escultural era el de Julia que estaba allí entre el grupo que había alzado la voz en la oración que Jesús le enseñó a sus discípulos.

    Orlando casi se ahoga con el cuerpo de Cristo, pero logró controlarse. A la hora de la paz, el grupo anaranjado hizo gran alboroto abrazando a todos los que estaban cerca. Cuando una de las del grupo optó por abrazarle en lugar de estrechar la mano que él le extendía mientras le decía conmovida que "la paz sea contigo", Orlando recapacitó que esos sentimientos de venganza que abrigaba últimamente no eran saludables.

    Si un atisbo de arrepentimiento había asomado lo anuló el hecho de ver cómo el grupo anaranjado le caía al sacerdote para cuestionarle duramente el sermón guerrerista que "no se compadecía con las enseñanzas del divino maestro", como le recalcaba uno de ellos.

    Quiso hablarle a Julia pero ella se había enfrascado en una discusión con una católica que había dejado de cantar el canto a la Virgen de "ha venido a América, ha venido a América, ha venido a América a traer la paz", para criticar con los ánimos exaltados a ese grupo de "idiotas útiles que le hacen juego a Satanás", como se lo repetía con los ojos salidos de las órbitas a Julia que lo único que había querido era invitarla a ver si se le medía a la marcha hacia el Caguán para detener la violencia en Colombia.

    Al ver que Orlando aprobaba lo que decía la feligrés mariana, Julia lo miró de arriba a abajo como si fuera la primera vez que lo viera y con plante altanero lo dejó y se fue a repartir volantes entre la concurrencia para ver si encontraba a alguien que se comprometiera con el efecto naranja.

    Al verse despreciado Orlando decidió olvidarse de Julia y salir del consulado como perro regañado. De no ser porque rechazaba la evolución, por un momento pensó que la cola se le metía por entre las piernas. Era verdad que el cuerpo de esa mujer lo traía loco pero su alma ya estaba conprometida con el diablo. Entre la disyuntiva entre el bien y el mal que había recalcado el sacerdote en su sermón siguiendo las "claras directrices de la Operación Justicia Infinita del presidente", Orlando escogía las del bien aunque para ello hubiera que borrar de la faz del planeta a la mitad de sus habitantes.



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