La permanencia de Marta
©José O. Alvarez

    Le pedí una y otra vez a Luis Miranda que me enviara por email la foto de Marta I. Daza. Las evasivas le hacían enviar fotos de chicas en posiciones comprometedoras. No me atreví a colocar esas tentaciones en mi página web por temor a que con un simple movimiento del dedo índice, los propietarios del servidor me la desactivaran. Ese había sido uno de los compromisos que me habían hecho firmar en papel: no hacer concesiones con las imposturas.

Cansado de recibir mi pictórica insistencia, Luis Miranda dejó en manos de Luis Miranda Jr., un cerebro en cuestiones de computadoras, el envío de la imagen de su madre. Vaya a saber qué órdenes le instaló al .jpg que me envió que hacía ver imágenes diferentes a cada uno de los 50 mil lectores de Ciudad Darién cuando trataban de abrir el archivo a través del correo electrónico. (A mí me llegó Beatriz, la de Dante, atravesada de cuchillos.)

El mensaje contenía un enlace que llevaba a la página donde se anunciaba, a última hora, la lectura de Marta I. Daza y sus “Cuentos-poemas de la permanencia”, publicados recientemente junto con otros escritores en una antología titulada “Letras en la diáspora”. Donde debía aparecer la foto de Marta, cada cibernauta encontraba la imagen de su idolatrada estrella.

A las 7:30 p.m. el local de Fifteenth Street Books, en Coral Gables, donde se iba a realizar la lectura de cuentos, estaba a reventar. En medio de la muchedumbre todos buscaban al ser que habían visto en la pantalla de sus PC. La cantidad de jóvenes era impresionante. Muchas chicas, emulando a Shakira, se contoneaban por Aragon Avenue. Muchos Ricky Martín también. Habían J. L. y Madonas, pero eran las menos.

Como la gran mayoría había ido en busca de su ídolo, escucharon con desgano los cuentos que Marta I. Daza leía con cara de funeral.

Las suaves y apenas perceptibles palabras de Marta retumbaban en el local. Mientras leía pausadamente, me parecía que no era Marta sino Schopenhauer el que se había posesionado de su cuerpo vestido de negro emitiendo lúgubres y sombrías palabras del mismo color, como el de su pelo, como el de sus ojos, como el de sus ojeras.

Marta es una sobreviviente de la entereza y le duelen la muerte de sus amigos: "Yo los he visto morir porque creyeron, porque todo lo dejaron para seguir sus sueños" alcancé a detectar sobreponiéndome a una emoción amarga empozada que revolcó su verbo y sus marcadas ojeras que denunciaban llantos perennes. Sin embargo, no era tanto su ensangrentado verbo el que me conmovía como la cruda realidad que escondía y que Marta apenas alcanzaba a percibir. Por sus escritos corre la sangre como ríos que contradicen a Heráclito porque en esas turbias aguas nos bañamos una y otra vez. Y otra vez más ... Esa ruta me ponía frente a algo que he querido olvidar, frente a esos amigos  que "no pudieron burlar su destino prometeico" y "que creyeron en la guerra o que creyeron en la paz"; dos espejismos iguales.

Noté que mi contenida emoción era compartida por los que la edad nos puso "la lucha y el cansancio en los senderos" y que "fuimos parte de la guerra que no se cuenta y que no conocerán" las futuras generaciones.

Estas nuevas generaciones domesticadas por el mundo de los videos, cambiantes y rutilantes, no se conmoverán como no se conmovieron los jóvenes asistentes que por error de mensaje habían llegado a la reunión literaria en busca de explosiones y fuegos artificiales. Sus inquietos cuerpos escuchaban con displicencia las dolorosas imágenes pintadas por Marta en sus cuentos-poemas, mientras mentalmente recorrían los laberintos de la virtualidad.

Esos cerebros atrapados en la noche rutilante del neón y del contaminante ruido, al salir de la lectura que posiblemente por primera y última vez los enfrentaba a muertes, destrucciones y apocalipsis no virtuales, se dieron prisa para dejarle vivir a sus contoneantes cuerpos esa exigente y alborotada vida atiborrada de vanales premuras inmediatas.


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