Jorobado en Río Piedras
© Héctor Vallés

La gente no se da cuenta cuán malos son los psiquiatras. La mayoría podría ser suplantada por podiatras u oculistas sin que nadie lo notara. En mi larga carrera como sociópata tuve varios de ellos requetemalos.

Por todos los medios traté de curarme de mi enfermedad recurriendo a esta deplorable ciencia alienista. Durante lustros los visité y los escuché hablar de teorías  y estructuras, de homosexualidades latentes, lo mismo que de mis supuestas inferioridades raciales, intelectuales e inconscientes.

Todas estas deficiencias reales o inventadas hicieron de mí un hombre contrahecho, tullido y acomplejado. En mi cuartito de estudiante perpetuo de humanidades y psicología, me azotaba durante las noches. Para entonces ya no creía en Dios, por tanto, hacía penitencia sin esperanza alguna de redención. Y ¡de qué otra forma podrían ser las cosas! El mundo tal como me lo habían pintado aquellos expertos de la salud mental era demasiado jorobado para haber sido creado por alguna deidad que no fuese el mismísimo Luzbel.

Sintiéndome culpable de que existiera semejante bodrio me flagelaba hasta sangrar profusamente. La chepa que había comenzado como un chichón, había tomado el cariz del jorobado de Notre Dame.

Para aquel entonces, había sido abandonado por toda mi familia. Ellos vivían en el vecindario exclusivo de Ocean Park. En cambio mi cuartito quedaba en una callejuela sin salida en Río Piedras. Era aquel designado para una criada, pero ante la escasez de las mismas, lo rentaban a estudiantes que venían de la isla a estudiar en la UPR. Yo pagaba sesenta dólares al mes por mi cuarto con ducha, lavamanos y retrete.

De lunes a jueves iba a las clases durante la mañana y luego buscaba la paz en el lugar más ruidoso del universo: la biblioteca. Todos saben lo mucho que hablan los estudiantes puertorriqueños cuando estudian. Sin embargo, mi esquizofrenia no me permitía relacionarme con ellos. Andaba por el campus de la UPR solitario huyendo de las voces de aquella tropa de montoneros que me perseguía, pensando en la muchacha que había conocido en alguna ocasión y con la cual había salido dos veces en un semestre. Raquel Marrero, paradójicamente, gozaba del hecho de que le hubiera prestado atención siendo ella tan fea. Eso era si no se tomaba en consideración mi joroba, pues de lo contrario hubiéramos terminado en un fotofinish.

 

2

Como a eso de las cinco volvía yo a mi cuarto. Usaba la cocina del apartamento principal para freír un bistec que había comprado con los cupones de alimento que el Tío Sam nos proveía a los esquizofrénicos.

Como los viernes no tenía clases visitaba al siquiatra en las Torres de Castilla: dos edificios enjalbegados que quedaban en la Fernández Juncos en medio de cafetines, restaurantes gallegos y barras. Subía hasta el treceavo piso y lo esperaba sentado en una silla leyendo Las cuitas del joven Werter, o posiblemente El Fausto. A veces, no obstante, asumía una postura psicológica y leía el texto de Psicología Anormal. Así iba aprendiéndome los síntomas de la esquizofrenia tipo paranoide de la que adolecía para emular o quizás impresionar al doctor Mauricio Monserga. Las sesiones con Monserga, como la de aquel día, no daban ocasión para hacer alarde de iniciado en florituras sicológicas.

Más bien tarde que temprano salió de la oficinucha de don Mauricio un barbudo alto y delgado de manos larguísimas que había asistido a algunas de las clases que yo tomé en el departamento de Filosofía antes de que tuviera mi segundo colapso nervioso. Lo saludé con un gesto de la cabeza y le sonreí, al igual que a Monserga. El estudiante me devolvió el saludo con una leve inclinación de la frente. Luego se fue alejando por el pasillo lúgubre hacia los elevadores.

–Espérame cinco minutos –me dijo Monserga y cerró la puerta.

En realidad fueron diecisiete minutos los que esperé, caminando para arriba y para abajo, llegándome hasta la ventana al extremo y mirando las gentes que como pulgas caminaban por entre los edificios, trece pisos más abajo. Mientras lo hacía iba encojonándome más con el Dr. Mauricio Monserga. No es que yo me considerara su paciente favorito como lo hacen muchos clientes de psiquiatras, aunque me hubiera gustado que así fuera.

Por fin, Mauricio mostró su cara bigotuda y trigueña. Lo seguí. Fui renqueando con la chepa a cuestas. Me senté en una silla desvencijada, frente a la silla de Mauricio. Se repantigó en la suya, se cruzó de las piernas mientras sonreía.

–Y ¿qué tal de semana? –preguntó a la manera tonta con que a veces comenzaba una sesión.

–No sé. En algunas cosas bien, en otras mal.

– ¿Y la?... –beso estirado dirigido a mi espalda–

–… sigue creciendo a pulgada por semana. ¿Quiere sacar la yarda de medir?

Por un momento entornó los ojos extrañado.

–Yo no tengo una yarda de medir en mi consulta.

– Cómo que no doctor, si los últimos nueve meses desde que vengo a verlo siempre la ha sacado y, de hecho, ha aumentado a eso de cuatro pulgadas por mes. Excepto cuando usted estuvo de vacaciones en agosto, entonces apenas creció. Claro que en venganza en el mes de septiembre creció siete pulgadas.

–Ah, ahora me acuerdo. Era prestada de una muchacha que insistía que cada semana le decrecían los pechos una pulgada. Me la trajo expresamente para comprobarlo. Como te puedes imaginar era un delusion de los más serios.

–¿Y la tiene?

–Chepo…, digo, Ramón …, no. La semana pasada llegó a un paroxismo tan exagerado que tuve que hospitalizarla y no hubo modo de que fuese al hospital si no se llevaba la yarda con ella. Es su security blanket,¿sabes?

–¿Y de qué la protege?

–¿No lo sabes ya? De su id.

–Ah, ya entiendo. –Sentí la chepa crecerme por lo menos pulgada y media–. ¡La vio! ¡La vio! ¿Ve que no me lo estoy imaginando?

–¿Vi la?...

–¡Joroba!

–Hombre como la voy a ver. Las jorobas suelen crecer en las espaldas. Al menos que no sea una rara joroba frontal de las que se ven una en diez millones... No tengo manera de verla.

–¿Pero no ve como me jorobo?

–¿Quieres hospitalizarte?

–No, me quedo con la joroba.

–Como quieras, pero ya sabes que la última vez que te hospitalizaste se te rebajó la chepa al menos tres pulgadas.

 

3

A las once menos cuarto, después de salir de la suite castellana del siquiatra, caminé bien jorobado por la ciudad de Río Piedras. Tanto me pesaba verme con aquella deformidad que decidí ir a La Taverna Segoviana, la cual quedaba en una bocacalle. Entré y me fui directamente a la barra. La gente se reía de mí y me llamaba.

– ¿Qué le puedo servir al chepudo?

–¿Qué dice?

–Al acomplejado.

–Un Don Q triple. Sin hielo.

–Empiezas el fin de semana temprano.

Clavadas las banderillas en pleno lomo, el mozo tiró de su chaqueta dorada con ambas manos.

–Es más, hágalo quíntuple –dije contrayendo el espinazo.

 

Dos horas más tarde subí la cuesta de la calle Hortensia, arrastrándome. La gente se reía a carcajadas.

–¡Compañero, eres uno de los nuestros! –exclamó un hombre que se impulsaba con los codos en patinetes, carente de las extremidades del cuerpo. Era tan tullido que no le quedaban ni las nalgas y tenía que acudir a un cojín para no rasparse los dos o tres huesos que le servían de carapacho.

–¿De los …?

–…de Vietnam –se apresuró a aclarar con dejo patriótico.

En aquel momento me creció la joroba al tamaño de una pelota de baloncesto.

–Nunca estuve en Vietnam

–¿Y por qué?

–Porque estoy deshabilitado.

La iracundia le saltó de los ojos. Entonces me cayó a codazos.

Yo soy un convencido de que si uno se lo propone llega a su destino. Después de todo, me lo dijo Monserga alguna vez. Lo hice, aunque tuve que subir las escaleras de mi edificio como lombriz en convulsiones, mordiendo con mis dientes los escalones mientras que partículas de ellos quedaban incrustadas en los peldaños.

Ya en mi habitación me sostengo con los codos del lavamanos, me miro en el espejo, me enjuago la sangre y me acaricio la ristra de magullones que tengo por todo el cuerpo propinados por el sargento de Vietnam.

Es de suponer que mis familiares están bien allá establecidos en sus casas del barrio que también fue el mío en alguna ocasión. Cuando me doy vuelta de perfil y me palpo en la oscuridad el globo terráqueo que tengo a mis espaldas, caigo en cuenta que siempre he tenido la joroba y que nunca fui un muchacho normal. Sería mejor que llegara hasta la balaustrada y me dejara caer contra el seto del patio interior cinco pisos más abajo.

Así, tres segundos, y el blackout permanente.



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