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Impotencia
sansónica El
día que Luis Miranda perdió la cola, me invadió un sentimiento de
impotencia sansónica. Esa
cola que representaba el último bastión libertario, cortada de tajo
era la claudicación a las implacables fuerzas del mercado. En
primera instancia no lo reconocí. Lo confundí con un ejecutivo con
cara de lobo listo a cuidar el gallinero de cualquier corporación. –Oye
José..., soy yo –me dijo cuando me vio dando vueltas como bobo que
busca agujas en pajar en el shopping donde nos habíamos citado
para revelarme una fórmula mágica. Para
despejar mis dudas, me mostró un libro cuyo título me llevó a pensar
que estaba tomando muy en serio su cambio de situación social. “El
informe Lugano”, de Susan George, según Luis, le había abierto los
ojos definitivamente. Claro que lo que había disparado ese cambio había
sido el escuchar de boca de una poetisa el abandono de las miserias del
poema por el destello aurífero ofrecido por la narrativa liviana. –Es
una revelación –me dijo asumiendo una actitud mesiánica. –Aquí
están claras las razones que pronostican el apocalipsis del planeta. Mi
escepticismo hacia las posiciones extremas se reflejó en mi rostro cuya
ceja derecha se elevó como jalada por hilos invisibles y mis labios se
arrugaron en un beso sin contraprestación. –Estoy
mamado de luchar contra la corriente –expresó molesto ante mi
silencio recriminatorio que empezaba a tambalear ante esa decisión
contundente. Mis aspiraciones de vivir del cuento apoyado en la diáspora
se derrumbaban como castillo de lo que se imaginan. Ese
aplastante triunfo de las fuerzas caóticas darwinianas que manejan la
situación imperante me coloca ante la disyuntiva proclamada por uno de
los integrantes de dicha diáspora en mensaje exterminador: hacerse el
harakiri o seguir como los perros que se muerden la cola. | Presentación | Narración | Ensayo | Poesía | | Plástica | Copyright 2000 - 2002 Literart.org, All Rights Reserved. |