Impotencia sansónica
©José O. Alvarez

    El día que Luis Miranda perdió la cola, me invadió un sentimiento de impotencia sansónica.

    Esa cola que representaba el último bastión libertario, cortada de tajo era la claudicación a las implacables fuerzas del mercado.

    En primera instancia no lo reconocí. Lo confundí con un ejecutivo con cara de lobo listo a cuidar el gallinero de cualquier corporación.

    –Oye José..., soy yo –me dijo cuando me vio dando vueltas como bobo que busca agujas en pajar en el shopping donde nos habíamos citado para revelarme una fórmula mágica.

    Para despejar mis dudas, me mostró un libro cuyo título me llevó a pensar que estaba tomando muy en serio su cambio de situación social. “El informe Lugano”, de Susan George, según Luis, le había abierto los ojos definitivamente. Claro que lo que había disparado ese cambio había sido el escuchar de boca de una poetisa el abandono de las miserias del poema por el destello aurífero ofrecido por la narrativa liviana.

    –Es una revelación –me dijo asumiendo una actitud mesiánica. –Aquí están claras las razones que pronostican el apocalipsis del planeta.

    Mi escepticismo hacia las posiciones extremas se reflejó en mi rostro cuya ceja derecha se elevó como jalada por hilos invisibles y mis labios se arrugaron en un beso sin contraprestación.

    –Estoy mamado de luchar contra la corriente –expresó molesto ante mi silencio recriminatorio que empezaba a tambalear ante esa decisión contundente. Mis aspiraciones de vivir del cuento apoyado en la diáspora se derrumbaban como castillo de lo que se imaginan.

    Ese aplastante triunfo de las fuerzas caóticas darwinianas que manejan la situación imperante me coloca ante la disyuntiva proclamada por uno de los integrantes de dicha diáspora en mensaje exterminador: hacerse el harakiri o seguir como los perros que se muerden la cola.

    Pero el resquicio de esperanza que se niega a morir, a última hora también me ha dejado vislumbrar la posibilidad de salvación si sigo los pasos de Luis, de Menard o el de aquellos que el mediano mundo consagra y santifica.


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