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Huevos
de oro De joven tuve sueños de ser empresario avícola, sueños que adquirían
vuelo cuando con "Los Condes", grupo musical conformado por
los antiguos "Leones" una vez salimos del colegio León XIII,
llegábamos a Kikirikí y cada uno se despachaba un pollo en un santiamén.
Las clientes de las mesas vecinas nos recriminaban con sus miradas por
nuestra forma salvaje de comer. Deshuesábamos los pollos asados como
festín de medioevo. –Vamos
a montar un galpón–, le dije a mi mujer al regresar de la luna de
miel. Me miró con ojos de sapo con la sorpresa de quien nunca espera
una frase de alguien inclinado a vivir del cuento. Purina
nos vendió 5 mil pollitas a precio de remate con la advertencia que
sonaba a orden de que era la única comida que podían consumir. “Ni
por el chiras se les debe dar Raza”, había dicho el empleado de la
productora de alimentos cuando cerramos el contrato de alimentación de
las ponedoras. La
construcción del galpón, una enorme maloca con techo de paja, fue el
último acto comunitario de la vereda de El Salto donde participaron mis
amigos y vecinos entusiasmados con la empresa, que además de dar
trabajo, les brindaría la posibilidad de tener los huevos frescos al
desayuno, al almuerzo o a la comida. Todo
iba viento en popa. Los aminoácidos, las vitaminas y los minerales rápidamente
las convirtieron en pollas y muy pronto en gallinas hechas y derechas a
punto de rendir los anhelados frutos blancos que servirían para ampliar
el negocio. El
sindicato de trabajadores de Purina, posiblemente aburridos de huevo a
toda hora, se declararon en huelga. El paro general llevó a una matazón
de pollitos que inundaron las aguas del río Magdalena. La cosecha de maíz
se destinó para suplantar los productos de Purina. Acostrumbradas a los
sofisticados productos químicos, displicentes las gallinas miraban los
granos amarillos como la pobre comida de esas criollas que se revolcaban
con cualquier gallo a la vista de las 5 mil. Solamente se dignaron
consumir unos pocos granos cuando las punzó el hambre. Este cambio de
dieta las puso flacas y sin celulitis, como las revolconas. Olvidando
la recomendación del empleado de Purina, mi madre les mandó dar Raza.
Las gallinas recuperaron su semblante pero cacareaban sin cesar.
Toneladas de alimento Raza devoraban en un santiamén hasta que se
pusieron tan gordas que no podían caminar y se iban de pico (“de jeta”,
decían los que las cuidaban). –A
las ponedoras se les ha cerrado el culo y hacen mucho esfuerzo pa'
cagar–, le dijo a mi madre el encargado general del galpón. –Parecen
chivas porque en lugar de churretas cagan bolitas. Para
evitar que se murieran de estreñimiento se vendieron, no como ponedoras,
sino como carne de gallina que no tiene casi valor. Por
pesar, mi madre no quiso vender a una gallina que se había encariñado
con ella. El estreñimiento la mató. Se había quedado en un rincón
sin poder moverse de lo gorda y al dar el último patatús rodó como
una pelota de fútbol. Por
curiosidad le hicimos una autopsia. Cuando estaban tasajeando la gallina
llegaron los que habían comprado las ponedoras en busca de más
gallinas. Hasta la gallina que estaba descuartizada querían llevársela
al precio que fuera. En
el tira y jala que se formó, uno de los compradores se quedó con la
mitad mientras que la otra la agarraba con fuerza el muchacho contratado
para alimentarlas. Al caer al suelo, el buche se reventó y rodaron unas
bolitas como granos de maíz forrados de excremento. Los
compradores se abanlanzaron sobre ellos, los recogieron y los guardaron
en sus bolsillos sin inmutarse por el fétido olor ni lo gelatinoso de
las cagarrutas. El
sueño de crear una cadena avícola que supliera de huevos a toda la
región del Tequendama quedó reducido a cenizas. Hasta el nombre que
pensaba ponerle lo utilizaron los compradores a quienes les habíamos
confesado nuestras aspiraciones ovíparas. –Ustedes
mataron a las gallinas de los huevos de oro–, me dijo el dueño de la
cadena de asaderos Kikirikí cuando me reconoció una noche que estaba
deshuesando un pollo. –¿De
qué me habla ...? –, le dije sorprendido. | Presentación | Narración | Ensayo | Poesía | | Plástica | Copyright 2000 - 2002 Literart.org, All Rights Reserved. |