El halcón y la ahogada
© Héctor Vallés

Cuando la luz del sol
se esté apagando
y te sientas cansada de vagar.

Ramón Álvarez despertó del sueño dopado del Unisome con un dolor de cabeza de momia después de siete mil años de olvido en las arenas. Se sentó en el borde del futon, haciendo un gran esfuerzo con los músculos y coyunturas de un cuerpo que había albergado en otra hora el apacible Ka. No obstante, en los tiempos recientes había sido atormentado, sujeto a la desgracia y la locura.

Laura lo había dejado, trastornada, después que se les había ahogado su hija, Ariadna, en una piscina, el día de su cuarto cumpleaños. Entonces, Ramón, sin una razón que pudiera entender, había ido día tras día a vagar por las tiendas y los bazares de Aventura Mall, aquel universo dentro de la metrópolis, que cada vez le robaba más espacio a la realidad.

Aquel día, a eso de las diez de la mañana, vio por primera vez en los grandes almacenes JC una fila de viejos moribundos y locos que esperaban su turno para probar qué holgado les quedaba el ataúd, facsímil del catafalco de un faraón de la época arcaica, o, si fuese la cliente mujer, aquél de su ésposa y hermana.

Ramón vagó por los pasillos de JC y luego salió al segundo nivel del mall. Asido a la baranda, miró hacia el primer piso cuyo suelo de mármol veteado relucía grotescamente majestuoso. Hubiera sido cosa de dejarse caer contra el seto de abajo en un trance, casi como si fuese un accidente.

A eso de las doce y media había mermado algo la fila mortuoria. Ramón se encontró en linea con los tullidos, los terminales y los locos, para participar del milagro de la vida eterna. Cuando le tocó el turno de acostarse en el féretro y cerró los ojos, se vio en la penumbra entre las cañas del río y escuchó el aleteo del halcón, Horus, en el momento de volar al mundo suprarreal.

¾ ¿Qué cree usted? ¿Qué esto es para siempre?¾ , se le asomó un hombre de cara burlona, ojos saltones, pelo canoso rapado al cero, y miles de aditamentos para caminar, apuntando hacia su reloj pulsera en su muñeca torcida, con el dedo índice de su mano derecha. Ramón Álvarez se frotó los ojos, desperezándose, y se bajó como pudo. El hombre que tenía la cara de un idiota de circo se trepó y apoyó las muletas contra el lado del ataúd. Se llevó las manos a la cara, y se recostó, desapareciendo dentro del invento más espeluznante de la historia de la humanidad.

Ramón Alvarez caminó con las imágenes vagas que le restaban del trasmundo egipciaco y se puso de nuevo en fila. Frente a él, los locos y los incapacitados en general eran acompañados por enfermeros, algún que otro sacerdote, y monjas que prorrumpían obsesivamente con el murmullo de los padrenuestros y las avemarías, cuenta por cuenta del enésimo rosario. Pasaron así las próximas cuatro horas, durante las cuales Ramón Álvarez pudo acostarse en la caja mortuoria tres veces más y por siete minutos, cada vez, verse entre las deidades de la civilización del Nilo.

Luego, hambriento, fue al Food Court a comerse un trozo refrito de pizza. Sentado en la mesa de colores pastel, pensó en que era posible creer en cualquier cosa. Se figuró que el mall estaba lleno de personas que creían en la vida de la ultratumba. Y mientras tenía estos pensamientos insubstanciales, le vino la imagen de su hija, pálida y exangüe junto a la piscina el día de su cumpleaños.

En Nueva York su esposa alimentaba palomas con migas de pan desde un banco verde en la Broadway. Se fue tres semanas después de la muerte de Ariadna y le había dicho que se iba a visitar a su amiga Esther Kozol. Hacía dieciseis días, no obstante, que se sentaba allí durante horas, con la imagen eidética de la niña golpeándole la frente, esperando reencontrarse con ella en el torbellino de la hojarasca.

Los días siguientes Ramón Álvarez visitó el templo del faraón en JC varias veces. Hizo fila y, después de esperar tres cuartos de hora, volvió a los atardeceres de la ribera del Nilo siete mil años atrás.

En una de las ocasiones que deambuló por JC Department Stores, durante los próximos días, pasó por el lado de una cortina negra, la empujó a un lado con la mano y entró. Se hallaba en un departamento con hileras de trajes negros, camisas dé colores pastel de etiqueta, pajaritas y, a la izquierda, una selección variada de ataudes, con tapas doradas y figuras de faraones con la barbilla protuberante y el tocado azul y de sucedáneo de oro, adornado además con rayas negras horizontales.

¾ ¿En qué puedo servirle hoy? ¾ dijo un hombre de pelo cano, un bigote totalmente blanco y un vestido negro con un clavel amarillo en la solapa. Se ajustó la corbata con sus manos grandes y pálidas como las de un verdugo.

Ramón Álvarez puso su tarjeta de JC sobre el escaparate.

¾ No es necesario.

¾ Lo prefiero así, sobre la mesa.

El vendedor movió la cabeza para arriba y para abajo y le indicó poniéndole una de sus manazas en la espalda de Ramón, que se parara en una esquina frente a un triángulo de espejos. Sacó su yarda de medir de un bolsillo del chaquetón y comenzó a tomar medidas: los brazos, el pecho, las piernas.

¾ Éste es el especial como parte standard del ajuar funerario que ofrecemos. Pruébeselo, pruébeselo.

Ramón hizo un gesto indeciso. El vendedor entonces le mostró un traje negro de finas solapas.

¾ Éste le quedará más ajustado. Aunque parece antiguo es en si un estilo más moderno. Es el último grito de la moda del Trasmundo JC.

Ah pero sí...usted no se ve particularmente demacrado...Bueno, pues un suicida. Está bien. Aquí en Almacenes JC respetamos todos los estilos de vida...y de muerte.

O póngase este traje de etiqueta egipciaca...Bueno pero quizás no sea necesario. Ah, se parece a un miembro del antiguo grupo de Liverpool con este flus. ¿Sabe que ciertas nuevas escavaciones han probado que la historia es circular? Por tanto hubo armas termonucleares en otros avatares (Es una buena palabra para usar en estos Lares con los moribundos. ¿No lo cree?) a la vez que guitarras eléctricas. ¿Usted toca algún instrumento?

¾ No.

¾ ¿No?

¾ No tengo oído.

¾ Ándele hombre. Todo el mundo tiene oído. Venga, venga por aquí. Ahora póngase esta guitarra así, de lado. El pelo...Es usted un roquero nato. La misma mirada de estar enchufado con la electricidad del otro mundo.

 

Aquella noche Ramón pasó las horas mirando hacia el techo, viendo el cadáver de su hija. En Nueva York Laura seguía rezando, ya totalmente ida, frente al bulevard flanqueado por los altos edificios de ladrillos.

Ramón Álvarez finalmente cayó en un sueño. No podía recordar el teléfono de Laura en Nueva York. Luego supo que estaba en la calle. Que no tenía ningún familiar o amistad en la ciudad. Se habían mudado a lugares que desconocía. Vagó avenidas con los ojos morados. Le quedaban diez dólares. Olía a parques y a estaciones de autobuses.

Despertó con un sofoco a las cuatro y cincuenta y dos de la mañana. Buscó a Laura por el apartamento y por fin se percató de que ya no estaba.

A las diez de la mañana se presentó a su cita con Sid Segal. El vendedor había vuelto a llamarlo por su nombre de pila como en los viejos tiempos.

¾ ¿Estás listo para probarte el sarcófago, Ramón?

Asintió con un gesto serio de la cabeza.

¾ Todos estos que tienes aquí puedes escoger por el especial de $999.99¾ , le indicó con la mano abierta.

¾ Pero si me voy...es para siempre.

¾ No importa, Ramón, estás cubierto. Fuiste un buen empleado de los Almacenes JC.

¾ ¿Un buen empleado...? Apenas trabajé un año y medio y lo hacía todo mal.

¾ Fuiste perfecto.

Ramón entornó los ojos extrañado. Vio a Osiris en un fugaz momento renacer sobre el río una vez más. Luego vio a Laura dándole de comer a las palomas migajas del último sandwich que había tenido dinero para comprar.

Ya para entonces el dopamine del cerebro de Ramón Álvarez había incrementado hasta llegar a una actividad febril. Pasó la noche destartalada, recordando a Set y los viejos del mall vagar por los bazares husmeando las alfombras orientales, las tarjetas Hallmark, los juguetes charangueros propulsados por baterías.

No podía dormir. Fue hasta el botiquín. Abrió temblorosamente un paquete de Unisome y reunió siete en la palma de su mano. Vio su sombra de refilón en el espejo, a la vez que se atragantaba las pastillas con el agua de la pluma.

Se vio las ojeras azotadas por el recuerdo de la pálida niña de la barriga hinchada lista para partir en la cesta de mimbre hacia arriba, hacia el valle opaco. Ya el próximo día llegaron en un camión de Almacenes JC los utensilios.

¾ Sí, me lo han de montar. La propina está en la mesa.

Los dos empleados asintieron con un leve movimiento de las cabezas. Ya, cuando habían traído el ataúd en piezas al apartamentito, les añadió Ramón Alvarez.

¾ En el suelo. En el sofá, en la mesa. Ustedes escojan. Cuando se vayan acuérdense de cerrar la puerta¾ . Los hombres sin decir una palabra comenzaron el trabajo.

Ramón salió a la calle y se llegó hasta el canal que quedaba al final de la Rue Versailles. Ya el sol estaba comenzando a tramontar la bóveda gris. ¾ ¿Qué quería ella? ¾ Se preguntó. Quizás se había encontrado con Esther en Nueva York. Era lo que había dicho.

Vio una manta leopardo de manchas amarillas volar a media agua. Ariadna estaba con ella: en ese mundo sordo e inconsciente. Cogió un pedruzco de la tierra y lo tiró al canal. Se hundió enseguida.

Arañó un puñado de tierra. Lo lanzó en una elipsis hacia el canal. Los tres se iban a encontrar en el río. Ahora, mientras se dirigía de vuelta (al lado oeste las casas sombreadas. Al otro lado la parte yerta de los apartamentos, donde ellos habían vivido años.) la vio llegar al banco y sentarse. Estaba lloviendo pertinazmente en la ciudad. Siguió manoseando las migajas, del pan mojado. Sólo una tenue luz se filtraba a través del cielo plomizo de Manhattan. La lluvia le había penetrado los huesos.

Ramón dejó los zapatos en el portal del apartamento. Cuando vio el ataúd en medio del suelo de la sala, pensó que esta tarde, siete mil años atrás estarían juntos los tres. Buscó las diez cajas de Unisome que tenía en el closet: treinta pastillas cada una.

Se las atragantó con vaso tras vaso de agua. Vorazmente como ella que ahora trataba de comerse unas migajas como las palomas grises a las que había estado alimentando y que convulsionaban en la calle y en la acera. Ramón Álvarez se recostó en el ataúd con el flus puesto. Ahora lo tenía para la eternidad y no sólo para los siete minutos que habían sido sus visiones de los últimos tiempos, desde que se había ahogado la niña en la piscina. Allá entre las cañas en la ribera...quizás..siete mil años atrás volverían a acaecer los días felices.

FIN



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