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Exhibicionista
frustrado Dispuesto
a vivir del cuento quise aprovechar la oportunidad de la visita del Papa
para colocar mi libro en la lista de los bestsellers. Una
multitud delirante agolpada en la calle cantando la canción "Amigo", me despertó. Mientras colocaba
mi libro en un plástico, envuelto en una sábana me asomé a la puerta
pero la masa me absorbió. Por no dejar escapar el libro, no sabía cómo
mantener firme esas sábanas que cubrían mi desnudez. Al pisar uno de
los cueros de oveja con que habían adornado la calle como preámbulo al
paso del pastor, decidí cogerlo para armarme un taparrabos y evitar la
abominación de que me trataran de exhibicionista. Un perro olfateó el
cuero y de un tarascazo se lo llevó en los colmillos. El temor a que el
perro arrancara mis vergüenzas, hizo
que la sábana cayera para ser retomada por unos grupos que la ondeaban
como bandera de la paz. La multitud me señaló dispuesta a lanzar la
primera piedra. Los altos mandos militares que desfilaban imponentes
evitaron el linchamiento. El comandante me miró de reojo. Me atreví a
sugerirle que me llevara ante el Papa para entregarle la ofrenda con que
me tapaba. Inmediatamente cuatro perros de gafas oscuras, me levantaron
en vilo y me llevaron a una tienda de campaña repleta de vagabundos,
locos y sospechosos de terroristas. El
libro de cuentos que había mantenido firme en mis manos metido en la
bolsa plástica para entregarlo a su Santidad, me lo quitaron y en su
lugar plantaron una pistola para justificar su detención y atropello.
La barba casi me la arrancan creyendo que era postiza y el enema que me
hicieron me dejó descoyuntado. Habían descubierto un arma letal en el
intestino grueso de uno de los detenidos la cual se activó antes de
tiempo en el cuerpo del desdichado que recogieron pisoteado y amoratado
en el templete donde se iba a celebrar la misa solemne. –Con
que a darle muerte a su santidad –decían voces grotescas como de
perros amaestrados. Negando
con la cabeza y aterrorizado insistía en que sólo quería entregar mi
libro de “Cuentos de vida, muerte y resurrección” al Santo Padre. –Un
exhibicionista –dijo la mujer que me acariciaba los testículos y cuya
voz reconocí porque me susurraba al oído obscenidades mientras trataba
de arrancarme una confesión y una delación de cosas que desconocía. Tuve
que conformarme con el anonimato. Una cosa eran los sueños por macabros
que fueran y otra la cruda realidad. En medio de una masa delirante que
me hacía soñar con la consagración, desde una cabina de cristal Juan
Pablo II hablaba en múltiples idiomas sobre la vida, la muerte y la
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