Exhibicionista frustrado
©José O. Alvarez

    Dispuesto a vivir del cuento quise aprovechar la oportunidad de la visita del Papa para colocar mi libro en la lista de los bestsellers.

    Una multitud delirante agolpada en la calle cantando la canción "Amigo", me despertó. Mientras colocaba mi libro en un plástico, envuelto en una sábana me asomé a la puerta pero la masa me absorbió. Por no dejar escapar el libro, no sabía cómo mantener firme esas sábanas que cubrían mi desnudez. Al pisar uno de los cueros de oveja con que habían adornado la calle como preámbulo al paso del pastor, decidí cogerlo para armarme un taparrabos y evitar la abominación de que me trataran de exhibicionista. Un perro olfateó el cuero y de un tarascazo se lo llevó en los colmillos. El temor a que el perro arrancara mis vergüenzas, hizo que la sábana cayera para ser retomada por unos grupos que la ondeaban como bandera de la paz. La multitud me señaló dispuesta a lanzar la primera piedra. Los altos mandos militares que desfilaban imponentes evitaron el linchamiento. El comandante me miró de reojo. Me atreví a sugerirle que me llevara ante el Papa para entregarle la ofrenda con que me tapaba. Inmediatamente cuatro perros de gafas oscuras, me levantaron en vilo y me llevaron a una tienda de campaña repleta de vagabundos, locos y sospechosos de terroristas.

    El libro de cuentos que había mantenido firme en mis manos metido en la bolsa plástica para entregarlo a su Santidad, me lo quitaron y en su lugar plantaron una pistola para justificar su detención y atropello. La barba casi me la arrancan creyendo que era postiza y el enema que me hicieron me dejó descoyuntado. Habían descubierto un arma letal en el intestino grueso de uno de los detenidos la cual se activó antes de tiempo en el cuerpo del desdichado que recogieron pisoteado y amoratado en el templete donde se iba a celebrar la misa solemne.

    –Con que a darle muerte a su santidad –decían voces grotescas como de perros amaestrados.

    Negando con la cabeza y aterrorizado insistía en que sólo quería entregar mi libro de “Cuentos de vida, muerte y resurrección” al Santo Padre.

    –Un exhibicionista –dijo la mujer que me acariciaba los testículos y cuya voz reconocí porque me susurraba al oído obscenidades mientras trataba de arrancarme una confesión y una delación de cosas que desconocía.

    Tuve que conformarme con el anonimato. Una cosa eran los sueños por macabros que fueran y otra la cruda realidad. En medio de una masa delirante que me hacía soñar con la consagración, desde una cabina de cristal Juan Pablo II hablaba en múltiples idiomas sobre la vida, la muerte y la resurrección.


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