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Elsoytú Una nueva Venecia se abrió ante mis ojos. El cielo se miraba en esas aguas limpias que los habitantes cuidaban con amor. A pesar de ser un extraño en esas tierras me había aventurado hasta los sitios más apartados siempre atento al asalto pistolero de cualquier esquina. No tenía equipaje, sólo lo que llevaba encima y no sabía dónde iba a pasar la noche. Unos
muchachos que se encontraban en la calle no se inmutaron con mi
presencia y continuaron con su ensayo de bailes y música cuando me les
acerqué. Uno de ellos me dijo que si era amigo de Elsoytú. El nombre
me sonó familiar pero no la persona. Les dije que sí, suponiendo por
la forma como preguntaron era alguien importante en ese lugar. –Nos
dijo que lo recibiéramos –dijo uno de los chicos dejando la guitarra
a un lado. Se levantó del puesto y me dio la mano con la firmeza y
calor que emanaban sus hospitalarios ojos. Seguidamente me tomó del
brazo para ir en busca de Elsoytú. Cruzamos
por la plaza de mercado y las generosas vendedoras le regalaban viandas.
Recordé la película “El Padrino”, cuando la gente de buena gana se
quitaba lo poco que tenía para dárselo al “don”. Viniendo del
mundo de la realidad, imaginé que Elsoytú era un gran capo que imponía
su dominio a punta de pistola. Me extrañaba la amabilidad de la gente.
Todos me saludaban con cariño. Como Cristóbal Colón, me impresionaron
la limpieza de la ciudad y la pulcritud de las gentes como si todos
fueran hijos de reyes. Esa alegría desbordante me inundaba y una
sonrisa se posó en mi acostumbrado rostro fruncido. Cruzamos la ciudad
y llegamos al piedemonte de una montaña. A lo lejos se divisaba una
cueva. Un hombre ciego como Homero salió a recibirnos. Su mirada
perdida hacia el horizonte le permitía auscultar lo que se alejaba o se
acercaba. –Te
presento al maestro quien con cuentos como parábolas nos ha enseñado a
vivir en paz –dijo el guía arrobado señalándome al anciano. –Sabía
que vendrías –me dijo mientras abría los brazos para saludarme. De
la cueva salía una energía que se confundía con la del profeta. Su
enorme barba y su pelo largo como uno de los mil colores de la nieve le
daban las características de un dios listo a crear el mundo. –Si
lo que te preocupa es dónde pasar la noche, aquí puedes quedarte hasta
que desees –dijo el ciego con voz dulce como si adivinara mi
preocupación. –La
clave de la felicidad está en desear poco y que ese poco sea demasiado
–me dijo al ver mi sorpresa al notar que no tenía nada que lo atara a
este mundo. Ahora
que veo llegar por el camino a ese escritor que busca por todos los
medios cómo colocar su libro en la lista de los bestsellers, recuerdo
el día en que llegué afanoso buscando lo mismo. Un alivio me recorre
por que sé que viene a reemplazarme. | Presentación | Narración | Ensayo | Poesía | | Plástica | Copyright 2000 - 2002 Literart.org, All Rights Reserved. |