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Hambre de inmortalidad -"Vamos a tener que aumentar los servicios funerales" -dijo la hija mayor del dueño
de la Funeraria Gutiérrez.
-¿Por qué? —refiró la menor previendo que tendría que repartir tintos 24/7
y por consiguiente perderse las rumbas de El Montecarlo.
—"Porque el corazón del Cristo sólo funciona en presencia de los que
se ausentan para siempre de este mundo", -contestó con ese tono que ponía punto final.
Desde que el pintor accediera a regañadientes dejar la obra del
Los ricos del área pagaban por adelantado sus exequias convencidos que
al estar cerca del Cristo palpitante les daba las indulgencias
plenarias para sacarlos de pena y llevarlos a descansar.
Hasta la gente que no tenía ninguna relación con el difunto de turno rezaba
a la imagen palpitante pidiendo por su descanso eterno. Los deudos aceptaban
estas oraciones como cuotas adicionales que agilizarían los trámites para
entrar al paraíso.
Los dueños no los estorbaban porque siempre dejaban algo en la alcancía.
Los rumores sobre curaciones milagrosas empezaron a circular. Varios que pedían
para mitigar sus dolencias de la lepra fueron curados del todo. La mayoría se integró
a la vida civil, pero algunos renegaron del milagro
porque los dejaba sin la ración que sagradamente recibían del gobierno central.
Trascendió las fronteras y su fama llegó al Museo del Prado. Representantes del mismo
viajaron al pueblo de La Esperanza a conocer al Cristo Palpitante. Al ver la
vitalidad que emanaba esa copia ofrecieron el original a cambio para llevárselo
consigo a la Madre Patria, pero las Gutiérrez, que sólo sabían de muertes y velorios,
no aceptaron tan jugosa y artística oferta.
En la ubérrima madre decidieron entonces enviar a uno de sus célebres hijos conocido
autor de un sesudo tratado sobre
"El Cristo de Velásquez". Unamuno, a pesar de su prepotencia de filósofo vasco,
aceptó la oferta de viajar a ese pueblo alejado sólo porque quería recuperar la fe
en la inmortalidad que había perdido luego de confrontar duramente a Kierkegaard y
ver que sus nebulosos personajes se le escapaban de sus escritos
para evitar el sentimiento trágico de sus alienadas vidas que él autor les
ponía a soportar. La agonía que sufría a flor de piel era producto de su hambre de
inmortalidad imposible de conciliar una vez por todas esa tensión entre fe y razón.
Al confrontar el cuadro sintió el impacto que se siente ante las cosas imponentes,
mucho más fuerte que el que había sentido ante la monumental obra del filósofo danés.
No podía creer que un pintor de aldea llegara a sobrepasar al maestro del realismo,
a alguien que hasta la fecha no habían sobrepasado en la destreza de asir las
características esenciales divinas y humanas para fijarlas en el lienzo con dos o tres pinceladas
seguras y contundentes.
La copia mezclaba los colores, luz, espacio, ritmo en una manera superior
a la que le imprimía el maestro de los maestros y que iba más allá, por otro lado,
de los claroscuros rembrandtianos.
No valió que Unamuno sacara a relucir de memoria todas las disquisiciones de su tratado.
Las Gutiérrez no eran presa fácil de las convenciones arribistas.
Lo que movía su estrecho mundo era lo contante y lo sonante que les quedaba
luego de cada servicio. Para ellas, los milagros del Cristo representaban lo
magistral y divino que tenía su lienzo, algo que ningún artista había logrado ni
lograría jamás.
Quitándose las gafas en un gesto de impotencia el genio vasco maldijo el momento
en que se rebajó a servir de mensajero. "Indios retrasados", le oyeron murmurar;
"viejo barbas de chivo", contestaron varios en letanía que se confundió con los rezos de
los deudos, familiares, amigos y curiosos.
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