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Capador –El próximo es usted –decía con burla socarrona el capador de marranos una vez terminada su labor en la Hacienda la Ponderosa. El sonido del canto de las aves, de la brisa montañera, del rumor del río, de un tiple o una guitarra flotaba dentro de mi alma llenándome de serenidad. Pero el sonido de la flauta de pan con que se anunciaba el capador arrugaban mis gónadas y me erizaba de terror. Corría a treparme a un enorme árbol, donde furtivamente lo vi varias veces cercenar de un solo tajo vertical el escroto del animal que entre cuatro jornaleros con cara de cerdo sujetaban en una barbacoa. Como experto cirujano le sacaba los testículos que luego le lanzaba al descoyuntado animal que de un tarascazo se los tragaba para paliar su dolor. Acostumbrado a la violencia endémica de los campos, la sangre no me molestaba. Eran los chillidos desesperanzados, más humanos que los emitidos por cualquier humano, los que me erizaban los pelos y se me metían en mis pesadillas. Después de la operación los animales se ponían como chanchos, panzones y desdeñosos como dioses de cielos porcinos. Algún pensamiento les cruzaba su cochina cabeza porque parecía que, si habían sobrevivido a esas muertes caponas, ni una nochebuena los podía amedrentar. El día que iban a capar al marrano mono que había sido mi mascota, no pude soportar acompañarlo en su grito de dolor. Todos dejaron la operación sorprendidos. Con alegría vi que el marrano mono se les escapaba de sus castrantes manos y veloz corría hacia el sitio donde nadie lo encontraría. La emprendieron conmigo. Ese día no estaba el capataz que además de defenderme me enseñaba maldades para que nadie me la montara. A piedra me bajaron del árbol. Los cuatro malvados asistentes en la mesa de operaciones me cogieron de manos y pies mientras pataleaba y manoteaba como poseso. Después de varios amagües, que me parecieron eternos, me soltaron muertos de la risa. El cuchillo lo dejaron encima de la barbacoa. En un descuido me armé del mismo y me escondí en un matorral. El filo lanzaba brillos de espejo como mis enfurecidos ojos. Acostumbrado a penetrar carnes, el cuchillo temblaba en mis manos ordenándome su uso. El capador, todavía con una sonrisa que le atravesaba su cara, pasó cerca de mi escondite. Como fiera me le lancé y mi garra metálica se enterró suavemente en su pierna. Su grito de dolor me recordó el de los marranos. Mientras se arrancaba el afilado instrumento, corrí hacia la cueva que había en la orilla del río donde me escondía cuando hacía una maldad. Bien entrada la noche regresé a la hacienda acompañado del marrano mono que con sus gruñidos me daba las gracias por haber salvado su verraca virilidad. Me recibieron con respeto. Nadie se atrevió a decir esta boca es mía. Con siete años, ya era como uno de ellos, sin agüero para herir o para matar. Mis pesadillas se acabaron porque no hubo más chillidos, como tampoco más lechón asado que fue suplantado por insípidos pavos. Ahora
que veo pasar cojeando al capador, pienso que si hubiera sido más
grande le hubiera atravesado sus testículos. Pero entonces,
posiblemente, no calentaría los míos cuando me revuelco con sus hijas. | Presentación | Narración | Ensayo | Poesía | | Plástica | Copyright 1995-2002 Literart.org, All Rights Reserved. |
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