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Fue muy poco lo que pude compartir con colegas escritores regados por el mundo que Cronopios reunió en la pasada XVII Feria del Libro de Bogotá bajo el tema central de “Escritores colombianos en la diáspora”. Con los que pude intercambiar impresiones, exceptuando la diáspora del Sur de la Florida que a última hora se presentó en pleno para la charla programada, detecté el extrañamiento y la nostalgia por el terruño. Este extrañamiento no sólo lo comprobé en los que regresaron, sino también en los que nunca han salido de Colombia o hace rato lo hicieron. El filósofo Emmanuel Levinas devela este extrañamiento del que estando “en casa” se siente “lejos de casa” o añorando la partida. “Qué bueno que pudiste salir”, me dijo un veterano poeta. En su frase alcancé a notar ese extrañamiento de que habla Levinas. Abiertamente no lo confiesa, pero en las marcas de su rostro y en el lánguido brillo de sus ojos se dibuja la incertidumbre, talvez porque el material con que trabaja, siendo de alta calidad, no le permite la subsistencia. (H)ojeando libros de innumerables estantes me estrellé con la violencia cotidiana de este país suramericano reflejada en el papel. Pareciera que la palabra quisiera conjurar esa violencia que contamina la mayoría de los escritos. Esta sobresaturación es como un grito de ¡Basta!, grito que no penetra los oídos sordos de las partes que se lucran con el conflicto. ¿Es posible que el pensamiento regrese? Así lo planteó la convocatoria a los escritores colombianos en la diáspora. La palabra regresó consignada en libros, muchos de ellos publicados por los mismos autores los cuales no trascienden las fronteras del traspatio por no contar con los onerosos mecanismos de promoción y divulgación. El pensamiento que regresó tuvo que competir en la programación no sólo con el pensamiento que vive en el país sino con el de autores extranjeros de alto calibre. La apoteósica acogida que tuvo Riszard Kapuscinski, demuestra la sed de cultura del lector colombiano en alto porcentaje juvenil. No pude asistir a la charla de Kapuscinski programada en la Feria por estar participando en otra sesión. Sin embargo, la lluvia torrencial no impidió que el auditorio León de Greiff de la Universidad Nacional, mi Alma Mater, casi se llenara de estudiantes ansiosos de escuchar la palabra de este veterano periodista. Jorge Luis Borges al hablar de Flaubert comenta que fue el primer Adán de un nuevo espacio, el del hombre de letras como sacerdote. Kapuscinski, en forma similar, planteó la necesidad de tomarse la Internet para ejercer el rol sacerdotal de la nueva era y señalar dentro de ese apabullante caos de datos el camino que fomente la cultura, cultive la tolerancia y luche por lo que dignifique al ser humano. En la Feria me enteré que dentro de esa tónica formulada por Kapuscinski, hay muchos que calladamente han tomado esta herramienta cibernética la cual complementan con la impresión en papel. Destaco a dos, uno en el plano internacional, y otro, en el nacional. Asistí a la presentación de Víctor Rojas quien desde Suecia con Simon Editor realiza una labor de promoción de autores colombianos y latinoamericanos que publica en sueco y de autores suecos que traduce al español. Otro lanzamiento de impacto fue el "Ácileramen" (posiblemente compuesto de ácido, acelere, berriondera, ¡amén! según Germán Uribe) de Los Pardo del Tolima Grande. Su edición de bolsillo a precio de costo va a permitir a muchos estudiantes de bachillerato conocer a autores a través del libro impreso y de su página de creadores colombianos en la Internet. Desde la
distancia aún resuenan los ecos de la Feria. Ahora recibo mensajes en el
correo electrónico de personas de las cuales desconocía su paradero. Por
ellas me entero que la formulación de Kapuscinski la vienen realizando con
"Ácileramen" los creadores que viven
dentro y fuera del país.
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