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Cine y literatura [I. Imagen y silencio. | II. Imagen y mito. | III. Imagen e ideología del poder. | IV. Imagen y confrontación social.] I. Imagen y silencio.
Para añadir un segundo ojo a ese primer ojo que los autores de imágenes nos presentan, estos artículos sobre cine y literatura recurren a mi consenso subjetivo que exprimo de mi experiencia como cinéfilo. Notarán que dicha interpretación se confunde con la que infructuosamente pretendemos hacer de eso tan acuoso como los sueños. Generalmente los trabajos académicos caen en la cita excesiva que evita y diluye responsabilidades entre lo poco que plantea el crítico frente a lo mucho que trae de los cabellos de otros. Asumo una postura anticonvencional tratando de emular las posturas de Buñuel, Polanski y Cocteau quienes vinculan el aspecto social, religioso y mítico con el aspecto sociológico de erotismo reprimido y desviado de los individuos.
Con "había una vez..." empieza Buñuel a ubicarnos en un tiempo y en un espacio que desde siempre han ocupado los sueños. Su malvado objetivo es el de llevarnos de la mano a través de una sucesión de imágenes irracionales e inexplicables. Tratar de entender esa serie de eventos es chocar contra la barrera de la interpretación onírica. Cada uno de nosotros puede, en consecuencia, exponer lo que se siente al recibir este choque visual. Recurriendo un poco a la anécdota, esa luna llena atravesada por una nube al igual que el humo de cigarro que atraviesa la habitación, son el presagio de la muerte. La nube le quita luz a la luna, el humo de la habitación oscurece, y para rematar, la luz de la pupilas de la hermosa joven se diluye mientras cae sangrante el ojo cortado salvajemente por el barbero quien se retira a mirar su mano llena de moscas. Luna llena en su esplendor cegada al igual que la joven para que no vean la pudrición nacida de las manos de los hombres. Siguiendo con la historia, ocho año después, el hombre de la bicibleta muere frente a la casa de su amada conservando aún parte de su vestidura religiosa que la mujer coloca sobre la cama a la espera de su resurrección. Las vestiduras como reliquias penetran en la superstición popular que acepta inconciente sus dominios sutiles. La mano llena de moscas, centro de atención de un conglomerado de donde sobresale una joven en mitad de la calle, espera aún palpitante ser colocada en el puesto donde guardan las corbatas. Así como la cortaba aprisiona y asfixia, esta mano puede aprisionar o puede seducir al tocar voluptuosamente los senos de hermosas jóvenes que, a pesar de las trabas y el peso de las reliquias religiosas, no ponen mucho obstáculo a la caricia lujuriosa. Esa mano, al igual que la corbata, son expreso símbolo de la masculinidad. Pero puede más el prejuicio que el goce, y la mujer arrinconada ve cómo se le acerca la lujuria que arrastra la carroña de burro muerto destilando pestilencia, convertido en clérigos símbolos de la ignorancia que como carroña tienen que arrastrar los hombres. El hombre despojado de esas ataduras que pesan, logra entrever en los libros posibilidades de salvación, pero al convertirse en armas de razón dominadora destruyen el sueño utópico al asesinar a sangre fría a ese ser que es cargado como cristo ante la indiferencia de los poderosos. No todo está perdido. Una mariposa, como expresión desarrollada y culminación de ese proceso que empezóo arrastrándose, señala con su aleteo el mar abierto, la playa y el horizonte infinito. La pareja, al recorrer abrazados la playa llena de guijarros como obstáculos de última hora, encuentran los vestidos clericales llenos de fango. Liberados de esas ataduras descompuestas, se aventuran a gozar del amor acompañados por el cielo, el mar y la playa inacabable mientras llega la nieve que los pondrá en letargo al igual que el gusano que se acuesta a producir la seda de futuros inciertos.
La arena virgen es violada por los pasos majestuosos de unos sacerdotes que se preparan para desarrollar un rito pagano cargado de simbolismos primitivos. El sacerdote principal de ese ritual es el torero que con su traje de luces y sus movimientos dancísticos afeminados de narciso exhibicionista nos anuncia el sacrificio que tendrá lugar. De pequeño tuve el deseo de ser mataor. Cada agosto llegaba el ruido atronador de los grandes espectáculos como el circo, la ciudad de hierro y las corridas de toros. Los niños soñábamos con la gloria embrujados por esa euforia colectiva. Me afccioné a los toros y acompañé, mientras estaban en mi pueblo, a esos ídolos vestidos de luces que recorrían el país toreando sus hambres. Me enseñaron las verónicas, medias verónicas, los quites y la chicuelinas. Esta Corrida prohibida, al mostrar la precisión y la gracia de los toros, me devolvió a esa infancia soñadora estremeiendo los recuerdos porque ese hechizante rito nos pone en los umbrales de la muerte a la que se le reta con desplante. Las imágenes en cámara lenta, logran captar los secretos profundos de la tauromaquia. La fiesta taurina es como la vida con toda la belleza, la gracia y el 'salero' que nos circunda. Desafortunadamente, como lo anotó Shopenhauer, en ella priman el engaño, el sufrimiento y la tragedia pues el rojo que absorbe la arena es el que brota de los inocentes. En definitiva, el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta, nos dan la clave humana de ese sacrificio. La dosis de racionalidad que se eleva unos puntos más arriba de lo irracional, logran la bravura de la fiesta. Cuando la segunda sobrepasa a la primera, la tragedia campea a sus anchas como sucede cuando la fuerza bruta aplasta a las naciones.
De la inmensidad del mar surgen dos hombres cargando un objeto pesado. Las olas los empujan a la playa. Ese horizonte se reduce al espacio de una playa, puerto de dos náufragos quienes, descargando el guardas, celebran el arribo a tierra firme. El espejo refleja su cansancio mezclado con una alegría inocente de quienes sólo tienen en su alma inmensidades. Lentamente se alejan del mar buscando la ruta de los hombres que se aglomeran en lugares que los llaman ciudades. La ciudad los rechaza. La ruta tienen que hacerla a pie. No tienen derecho a disfrutar de los adelantos técnicos. La civilización no quiere inguenuos que andan con guardas. La ciudad no quiere guardas porque ella misma es un guardas. Hasta los hoteles nieguan su entrada porque jamás se había visto maleta de ese tamaño. Por la calle tropiezan con una hermosa niña que carga su guardas lleno de una desilusión que se refleja en el espejo de sus ojos. Ellos le ofrecen de regalo el armario, pero la joven lo rechaza porque no tiene nada que guardar en él. Todo lo lleva guardado en su alma. Ella está guardada entre las murallas de piedra que la acorralan. La burla a los convencionalismos de este corto metraje está latente. Cuando entran con el guardas al restaurante de lujo inmediatamente son expulsados. Los serviles meseros se disculpan ante la distinguida clientela compuesta de individuos que independientemente, sin compartir con nadie, se comen las ganancias. Los dos convierten en guardas en mesa y comparten los frutos del mar. El pez nadando en el espejo reproduce un maná que sacia el hambre acumulada en sus travesías. En la ciudad, los trapos sucios se sacan al sol. Las pandillas juveniles se toman el espejo que refleja su sadismo, crímenes, violaciones. El jefe pandillero se da cuenta que una joven lo puede develar y aplican su código macabro. Los dos hombres tratar de hacer justicia que es pisoteada con la arbitrariedad. Hasta el espejo subre las consecuencias y es roto para que no refleje verdades y todo quede nivelado en el anonimato de la gran ciudad. Para escapar de esa ciudad donde campean los borrachos, los hampones y la injusticia, los dos hombres recurren al mar cansados y agobiados, a ese mar que les ha dado la vida. Se cuidan de no pisar los inumerables castillos de arena que un niño, atisbo de esperanza, construye en la arena.
En este filme que hizo Polanski en su juventud, manifiestamente quiso expresar esa relación de explotación de una clase ociosa, frente a ese servilismo de otra clase que trabaja para otros y se siente feliz. Cuando la clase opresora concede algo es para buscar beneficio. El gordo toca el tambor para que el flaco baile; caza el pato, para que se lo cocinen; permite el ordeño, pero riega la leche porque no es de su apetencia. El flaco vislumbra en la ciudad, que a lo lejos lo llama, la aventura, lo desconocido, ... la libertad. Cuando el gordo duerme, trata de escapar, pero sin determinación. Es detenido y encadenado al animal montaraz, representación de la testarudez, de la ignorancia. Sin embargo, el llamado de la ciudad sigue golpeándolo. Nuevamente escapa con todo y cadenas, pero nuevamente es detenido. Pide con vehemencia que le quiten las cadenas prometiendo servilismo hasta morir. Las cadenas se las quitan por fuera, pero él mismo se las coloca por dentro. Esta degradación humana de sometimiento, de resignación conformista y auto-represión se vuelve costumbre en muchos que sufren la opresión y la aceptan como algo natural o divino. Al recibir miserables migajas se sienten realizados a tal punto, que como el flaco de la película, terminan plantando jardines y haciendo de payasos para quienes los esquilman sin compasión.
Este hermoso mito surrealista se emparenta a las teorías orientadas hacia el lector que exige del mismo su participación activa: "cada poema es un escudo que debe ser descifrado" a través de cuatro episodios llenos de enigmas donde la vida de un poeta es sacrificada en aras del arte.
Con el sugestivo título El enemigo abajo, Noël Burch nos hace un recuento de las películas francesas filmadas entre 1905 y 1922, un período de grandes agitaciones sociales y políticas, de consolidación del sistema capitalista, y consecuentemente, de una crítica por parte de los artistas a ese sistema que propiamente colocaba "en la misma tierra dos diferentes clases de personas con dos diferentes modos de vida que a simple vista parecen extranjeros" como lo dijo el economista Adolphe Blanqui en 1851 citado en el filme, de tal forma que "el enemigo" estaba subyacente, listo a pegar el zarpazo. Según mi parecer, las mini-películas son las siguientes:
Conclusión Paradojicamente esta sección de "Imagen y silencio" me llevó a tratar de suplir las ausencias del segundo con palabras que trataran de capturar lo primero. Precisamente esos silencios son los que permiten que cualquiera pueda asumirlos con certeza o ambigüedad. Aunque prefiero esta última, me atrevo a concluir que las películas aquí tratadas tienes ciertos rasgos comunes y ciertos contrastes:
Estos primeros pasos que dio la cinematografía son una fina expresión de la inspiración humana. Ahora con tanto truco, lentejuelas y fuegos fatuos que enmascaran realidades mediocres, estas películas presentan una fuente inagotable de inspiración para los amantes del séptimo arte. ©Literart.com - 2000 - 2001 |